La mitad de los adultos en Estados Unidos dice estar más preocupada que entusiasmada con el uso creciente de la Inteligencia Artificial en la vida diaria, frente al 37 % que decía lo mismo en 2021. Solo un 10 % está más entusiasmado que preocupado. Son datos del Pew Research Center, en un estudio internacional publicado en octubre de 2025 sobre 25 países.
El rechazo tiene razones, y son buenas
Conviene decirlo antes que nada, porque casi nunca se dice: quien desconfía de esta tecnología no lo hace por ignorancia. Lo hace porque nadie le preguntó.
Nadie consultó si quería que sus textos entrenaran un modelo. Nadie consultó si quería que un resumen automático se pusiera por delante de la web que él escribió. Nadie consultó si quería que una máquina describiera su trabajo a un desconocido. Simplemente empezó a pasar.
En ese mismo estudio del Pew Research Center, la mediana internacional es del 34 % de adultos más preocupados que entusiasmados, con Estados Unidos a la cabeza de los 25 países analizados. Y la preocupación es mayor entre las personas de más edad y entre quienes usan menos internet. Es decir, entre gente que lleva años trabajando bien sin necesitar nada de esto.
Dónde se rompe el argumento
Aquí viene la parte incómoda. Que el rechazo sea legítimo no lo convierte en una estrategia.
Una persona puede decidir no usar jamás ChatGPT. Lo que no puede decidir es que sus clientes tampoco lo usen. Y ahí la asimetría es brutal: tú no participas, pero la máquina sí contesta cuando alguien pregunta por tu especialidad, por tu ciudad o por tu nombre.
No hace falta tu permiso ni tu presencia. Tu opinión sobre la tecnología y lo que esa tecnología dice de ti son dos cosas completamente separadas.
La confusión entre usarla y aparecer en ella
Se están mezclando dos decisiones que no tienen nada que ver.
Una es si quieres usar Inteligencia Artificial en tu trabajo. Ahí cada uno decide, y hay argumentos serios en ambas direcciones. Es un debate legítimo sobre qué parte del oficio conviene delegar y cuál no.
La otra es si te interesa saber qué están respondiendo esas máquinas sobre ti. Y esa no es una decisión ideológica, es de higiene profesional. Es exactamente igual que saber qué dice de ti una reseña pública: puedes odiar las reseñas y aun así querer leerlas.
Mucha gente está rechazando la segunda por coherencia con la primera. Es la única parte de este debate donde el enfado sale caro.
Y hay un matiz más, que suele pasar desapercibido. No mirar tiene un coste desigual: el profesional con mucha presencia pública apenas lo nota, porque su rastro corrige solo los errores. El que trabaja por su cuenta, con una web y poco más, es justo el que más se juega y el que menos mira. La preocupación y la exposición van, en este asunto, en direcciones contrarias.
Lo que pasa mientras uno decide no mirar
Pasa que el rastro se llena solo. Con lo que hay, que casi siempre es viejo, parcial o de otra persona. La máquina no espera a que participes: construye una versión de ti con el material disponible y la entrega con seguridad.
Y no avisa. No hay notificación, no hay caída de visitas, no hay ninguna señal. Es el mismo tipo de punto ciego que hubo cuando media internet dependía de una infraestructura que nadie miraba hasta que falló: el problema existía mucho antes de que alguien se enterara.
La postura razonable
No hay que entusiasmarse. No hay que aprender cincuenta herramientas. No hay que publicar todos los días ni convertirse en nada que uno no quiera ser.
Hay que saber qué se está diciendo. Preguntar por tu nombre y por tu especialidad en los tres motores principales, leer la respuesta entera, anotarla con fecha y repetir la comprobación cada cierto tiempo. Se puede hacer sin ninguna simpatía hacia la tecnología. De hecho es mejor hacerlo con desconfianza.
Si prefieres que esa comprobación la haga otro y llegue ordenada, eso es lo que hace RADAR, sin pedirte que uses nada.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es consultor estratégico senior. Veintisiete años de oficio, más de 33.000 profesionales formados en 55 países, exprofesor asociado del IE Business School con Premio a la Excelencia Docente y colaborador experto en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Trabaja con profesionales que llevan años haciendo bien su trabajo y que no quieren convertirse en técnicos ni en creadores de contenido. Detrás de su trabajo hay una comunidad en línea de más de 500.000 personas. Dirige RADAR.


