Un consultor de estrategia con años de oficio escribió hace unos días en un foro profesional algo que muchos piensan y casi nadie firma con su nombre: las nuevas herramientas de Inteligencia Artificial, esas que trabajan solas durante un rato largo sin que nadie las supervise, ya le montan los análisis y las presentaciones que hace no tanto solo sabía hacer alguien con su experiencia. Si trabajas por tu cuenta y vives de vender criterio, la pregunta que te toca no es si la Inteligencia Artificial va a hacer tu trabajo, sino qué parte de tu trabajo hace la Inteligencia Artificial y qué parte no ha tocado siquiera. No son la misma cosa, y confundirlas te puede costar el negocio.
La confesión que importa no es la de los técnicos
Llevamos dos años oyendo a los fabricantes decir que esto lo cambia todo. Es su producto, claro que lo dicen. Lo que no se oía hasta ahora era a profesionales con veinte años de trayectoria admitiendo en público que una parte concreta de lo que hacen, la parte por la que cobraban bien, ya no requiere su presencia.
Ese cambio de voz es el dato. Cuando el que lo dice no vende la herramienta sino que compite con ella, la afirmación pesa distinto. Y no viene sola: en las grandes consultoras esto ya está institucionalizado, no es una intuición de foro.
Qué parte de tu trabajo hace la Inteligencia Artificial, según quien ya lo ha medido
McKinsey lleva desde 2023 usando una herramienta propia, Lilli, con la que sus consultores redactan propuestas y montan presentaciones a partir de una instrucción escrita. Según contó Fortune el 2 de junio de 2025, más del 75% de los empleados de la firma la usa cada mes. La responsable global de tecnología de la compañía, Kate Smaje, lo explicó sin rodeos: «¿Necesitamos ejércitos de analistas creando PowerPoints? No, la tecnología puede hacer eso. ¿Es algo malo? No, es algo estupendo».
Fíjate en dónde pone la frontera. No dice que sobre el análisis. Dice que sobra fabricar el entregable. Esa es exactamente la línea que te interesa mirar en tu propio despacho, tu consulta o tu estudio.
Haz el ejercicio con papel. Escribe todo lo que hiciste la semana pasada por lo que alguien te pagó. Marca con una raya lo que consistió en producir un documento a partir de información que ya tenías: el informe, la propuesta, el presupuesto, el resumen de la reunión, el plan por escrito, el correo largo explicando lo mismo por tercera vez. Esa columna es la que se está abaratando a toda velocidad. La otra columna, la de decidir qué recomendar y responder de ello, no se ha movido.
El problema es que cobrabas las dos cosas juntas
Aquí está el lío real, y casi nadie lo cuenta así. Durante veinte años has cobrado el criterio escondido dentro del entregable. Nadie te pagaba por pensar: te pagaba por el informe. Pensar iba dentro, gratis y sin discusión, porque el informe no salía de otro sitio.
Ahora el informe sale de otro sitio. Y como el precio estaba pegado al documento y no al juicio, el cliente empieza a hacer una cuenta perfectamente razonable: si esto lo genero yo en veinte minutos, por qué te pago lo mismo.
No tiene solución por la vía de trabajar más rápido. La tiene por la vía de separar las dos cosas y aprender a cobrar la segunda, que es un cambio de forma de vender, no un cambio de herramienta. Es el mismo movimiento que ya están haciendo, casi sin nombrarlo, los profesionales de la salud a cuyos pacientes les llega el diagnóstico hecho antes de entrar por la puerta.
Lo que la máquina no ha tocado
Hay tres cosas que siguen intactas y conviene tenerlas claras, porque son tu inventario real.
Decidir con información incompleta. La Inteligencia Artificial produce excelentes respuestas cuando le das todo el contexto. Tu trabajo casi nunca tiene todo el contexto: tiene un cliente que no cuenta la verdad entera, un presupuesto que no da, un plazo imposible y algo que se calla. Elegir ahí sigue siendo humano.
Responder de la decisión. Un sistema no firma, no comparece, no pierde clientes por equivocarse ni tiene un colegio profesional detrás. Cuando algo sale mal, alguien tiene que dar la cara, y esa persona vale dinero precisamente por eso.
Saber qué no aplica. El cliente ya no tiene falta de información, tiene exceso. Llega con quince recomendaciones sensatas en abstracto y ninguna filtrada por su caso. Descartar catorce con argumentos es un servicio nuevo, y de los caros. En el mundo de los despachos jurídicos esto se lleva viendo desde que llegaron los primeros sistemas de análisis predictivo: la búsqueda se automatiza, la estrategia del caso no.
El riesgo de quedarte donde estás
La tentación es esperar. Total, tus clientes de siempre te siguen llamando y el mundo no se ha caído.
El problema es que la sustitución no llega de golpe, llega por erosión. Primero el cliente deja de pedirte el resumen. Después redacta él el primer borrador y te lo manda «para que le des un repaso». Y ese repaso, con toda naturalidad, se paga menos que el trabajo original. Cuando quieres reaccionar, llevas dos años facturando revisiones de textos ajenos.
Merece la pena mirar con calma qué tipo de trabajos aguantan mejor este cambio y por qué, porque el patrón se repite en oficios muy distintos: aguanta lo que exige presencia, responsabilidad o decisión, y se hunde lo que consiste en transformar información en un documento.
Lo que hay que hacer no es aprender otra herramienta
La reacción típica es apuntarse a un curso de prompts, probar cuatro aplicaciones y volver a lo de siempre a las dos semanas, con la sensación incómoda de ir tarde. No es un problema de herramientas. Es que falta la estructura: qué vendes exactamente ahora, cómo lo explicas, cómo lo cobras y qué parte de tu proceso delegas para tener más horas de lo que sí se paga.
Eso es lo que Javier G. Amblar trabaja de forma personal con cada profesional en Evolution, su programa de mentoría, aplicado a la actividad concreta de cada uno y no en abstracto.
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