La ficha previa es una página por cada persona que vas a recibir mañana, preparada la tarde anterior en unos quince minutos: lo que ocurrió la última vez, lo que quedó pendiente y lo único que no quieres olvidar preguntar. Con Claude se prepara más deprisa que a mano, siempre que no le pegues ni un solo dato que identifique a nadie, y permite atender a más gente en la misma jornada porque el principio de cada sesión deja de gastarse en buscar el hilo.
Ese principio existe, aunque casi nadie lo mide. Es el minuto, o los tres, que pasan entre que la persona se sienta y tú encuentras por dónde seguir. Se repite en cada cita, todos los días. Si lo recortas a la mitad, la jornada respira sin que añadas una sola hora.
Una tarde de jueves, quince minutos antes de cerrar la consulta
Son las seis y cuarenta. La última paciente se ha ido hace diez minutos y una fisioterapeuta con consulta propia recoge la camilla. Mañana tiene siete personas. Siete historias distintas, siete formas de empezar.
Antes de apagar las luces se sienta en la mesa con una taza de té. Abre su sistema de fichas, el de siempre, el que cumple con lo que tiene que cumplir. Lee sus propias notas de cada persona y, en una hoja aparte, escribe tres líneas por cada una, sin nombre y sin nada que la identifique: un número de orden y lo que le sirve a ella para entrar en la sesión de mañana.
Esa hoja es lo que le da a Claude. No la ficha, no el nombre, no el diagnóstico. Tres líneas escritas por ella que, sin su ficha al lado, no dicen nada de nadie.
Claude le devuelve una página corta por cada número, con un orden para la sesión y un par de preguntas. A las siete menos veinte, la mesa está recogida.
Qué lleva la ficha: cinco cosas y ninguna más
La tentación es meterlo todo. Una ficha previa que ocupa dos folios no se lee un jueves por la tarde, y mucho menos con la persona esperando en la puerta.
Cinco cosas. Qué pasó la última vez, en una línea. Qué quedó pendiente, ya sea algo que prometiste o algo que la persona iba a probar. Qué quiere conseguir con todo esto, en sus palabras y no en las tuyas. Una pregunta que no puedes olvidar hacer. Y cómo te gustaría que acabara la sesión de mañana.
La tercera es la que más se olvida y la que más agradece quien viene. Que le recuerdes lo que dijo que quería, tal como lo dijo, produce una sensación difícil de fabricar de otro modo: la de que alguien ha estado pensando en ti entre una cita y la siguiente.
Lo que no entra: la historia completa, el resumen de todas las sesiones anteriores, las hipótesis que ya has descartado. Eso vive en tu ficha de siempre. La previa es el lomo del libro, no el libro.
Qué se pega en Claude y qué no, sobre todo si trabajas en salud
Aquí no hay término medio: nada que identifique a nadie. Ni nombre ni apellidos, ni teléfono, ni fecha de nacimiento, ni correo, ni documento de identidad. Tampoco la combinación de detalles que, sumados, señalan a una sola persona: una profesión poco común, un barrio, el nombre del hijo.
En salud el listón es más alto. La normativa europea de protección de datos trata los datos de salud como una categoría especial, y lo que hagas con ellos en una herramienta externa es responsabilidad tuya. Antes de decidir qué herramienta usas y con qué ajustes, consulta a tu colegio profesional o a un asesor de protección de datos. Revisa también en los ajustes de tu cuenta qué se guarda y qué se comparte.
La manera más sencilla de no equivocarte es dividir el trabajo. Tu sistema de fichas guarda lo que identifica y lo clínico. Claude trabaja con tres líneas tuyas, redactadas en general y con un número en lugar de nombre. Cuando te devuelve la página, la juntas tú con la ficha real, en tu ordenador.
No es una cautela de más. Es lo que hace que puedas usar esto con la conciencia tranquila, y que la persona que viene mañana no tenga ningún motivo para dudar de ti.
Cómo se lo pides a Claude, con las palabras reales
Una petición clara vale más que un truco. Esta es una que sirve:
Te voy a dar siete sesiones de mañana, cada una con un número en lugar de nombre y sin ningún dato personal. Para cada una tienes tres líneas mías: qué pasó la última vez, qué quedó pendiente y qué quiero preguntar. Devuélveme una página breve por número, con este orden: un recordatorio de una línea, dos preguntas abiertas, algo que no debo olvidar y una propuesta de cierre. No añadas nada que yo no te haya dicho.
La última frase pesa. Sin ella, una herramienta de Inteligencia Artificial tiende a rellenar huecos con cosas verosímiles. En una ficha previa, un detalle verosímil pero falso es peor que ninguno.
Leer lo que devuelve antes de usarlo es parte del trabajo, igual que revisas lo que escribe un colaborador antes de firmarlo. Hay un artículo sobre cómo hacer mejores preguntas a una herramienta de este tipo, de junio de 2025, que habla de ChatGPT pero se aplica igual a Claude.
La primera vez te llevará más de quince minutos. A la tercera tarde, tendrás tu forma de pedirlo, la guardarás en un documento y la copiarás cada jueves.
Qué cambia en la jornada cuando todas las sesiones empiezan con el hilo en la mano
Empiezas antes. No porque llegues antes, sino porque la primera pregunta es la correcta y no «¿cómo habíamos quedado?».
Lo que más cansa de un día de consulta, creo, no son las horas sino los arranques: siete veces al día, volver a ponerse en la cabeza de alguien. Lo he visto en consultoría y en el aula, y es una opinión mía, no un dato: quien llega preparado a una sesión la ocupa mejor y la termina a tiempo.
No voy a decirte cuántos minutos ganarás, porque no lo sé y depende de ti. Mídelo una semana con un reloj de cocina: cuánto tardas en encontrar el hilo con y sin ficha previa. La diferencia, si existe, es tuya.
Ese tiempo es el que te permite meter una persona más en la jornada, o terminar a la hora que habías dicho. No hace falta que sea una persona más cada día. Con una al día, la semana cambia.
Una historia que va en la misma dirección es la de un intérprete de conferencias que ya no pierde las cenas preparando al siguiente ponente: la preparación se hace antes y en menos tiempo, y la jornada deja de alargarse por los lados.
La preparación también es para ti
Hay algo que no sale en ninguna hoja de cálculo. Entrar a una sesión sabiendo ya de qué va la deja en otro tono.
Tú estás más presente. La persona nota que la recuerdas, que no empiezas de cero, que lo que dijo hace tres semanas quedó guardado en alguna parte. Esa sensación se queda con ella más que la técnica que uses.
Por mi experiencia con alumnos y con profesionales en consultoría, lo que más agradece quien viene no suele ser una gran idea. Es que le recuerdes lo que dijo.
Y para ti, el cierre del día cambia. Sales de la consulta con la sensación de que mañana ya está empezado. Ese es el resultado que importa, y aparece sin proponértelo.
Cuándo la ficha previa no sirve
Para una primera visita no hay nada que recordar. Lo que se prepara es una lista de preguntas, y eso es otro ejercicio, más corto.
Tampoco sirve cuando la sesión depende de lo que traiga la persona ese día. Hay profesiones y momentos en los que lo que ocurra al entrar manda sobre todo lo demás, y una página preparada puede estorbar si la sigues al pie de la letra. La ficha es un punto de partida, no un guion.
Y esto no le sirve a todo el mundo. Si atiendes a dos personas al día, el ahorro es tan pequeño que no compensa el ritual. Empieza a tener sentido cuando la agenda se llena y los arranques se acumulan.
Tampoco sustituye a tu criterio clínico o profesional. La página que prepara Claude ordena lo que tú le has dado. Lo que importa de verdad, lo que ves cuando la persona entra, sigue siendo cosa tuya.
Una semana para probarlo sin cambiar nada más
No reorganices la consulta. Elige dos sesiones de mañana y prepáralas así. Al día siguiente, anota en una línea si el arranque fue distinto.
Si la semana siguiente haces cuatro, y luego siete, tu forma de pedirlo se afina. Guarda la petición en un documento con el nombre de «ficha previa» y cópiala cada tarde, cambiando solo los números y las tres líneas.
Lo que no debes hacer es subir datos para que la ficha sea más rica. Si sientes la tentación de añadir un nombre «para que quede mejor», para. Esa mejora no compensa.
Aprender a usar Claude con criterio, sin prisas
Nada de lo anterior es difícil. Lo que cuesta es saber qué pedirle a Claude, qué dejar fuera y cómo comprobar lo que devuelve, y eso se aprende mejor con alguien que ya lo ha hecho con profesionales como tú.
Claude es la Inteligencia Artificial que más está ayudando a profesionales por cuenta propia y a pequeños negocios. Lo recomiendo como lo haría un consultor que recomienda algo que usaría él: porque, bien usado, te deja atender mejor y a más personas sin alargar la jornada.
Si quieres aprender a usar Claude con calma y con método para preparar tu jornada, atender a más personas y no alargarla, he reunido lo que enseño en un curso. Saber más.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es exprofesor del IE Business School, con 27 años de experiencia formando a profesionales: más de 33.000 en 55 países. Ha colaborado en RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h, y escribió Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube tiene más de 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne a más de 500.000 personas. Hoy enseña a profesionales con consulta o negocio propio a usar Claude para atender mejor y a más gente: Aquí.