Un producto digital pequeño es algo que una persona puede recibir un domingo por la noche sin que tú abras el ordenador: una guía, un conjunto de plantillas o una mini-biblioteca de respuestas. Se construye con lo que ya contestas una y otra vez, se ordena en torno a una sola pregunta y se entrega con un correo automático. Lo que lleva dentro es tuyo. Lo que se automatiza es la entrega, nunca el criterio.
Se puede empezar esta semana con lo que ya tienes escrito.
Empieza por la pregunta que ya te han hecho muchas veces
No inventes un tema. Escucha el tuyo. Una decoradora de interiores recibe cada semana la misma duda: cómo elegir los colores de un salón con poca luz. Una abogada laboralista contesta desde hace años a las mismas cinco preguntas sobre cómo redactar una carta antes de ir a mediación. Una nutricionista con consulta propia escribe, otra vez, la misma explicación de cómo organizar la compra de la semana.
Ahí hay un producto. No porque la respuesta sea secreta, sino porque la pregunta se repite y cada vez la contestas desde cero.
Abre tu bandeja de enviados de los últimos meses y busca tus propias frases repetidas. Si encuentras una que has escrito más de cinco veces con pocas variaciones, ya tienes el tema. La señal es esa, no que a ti te parezca interesante.
Tres formatos pequeños: guía, plantillas, biblioteca de respuestas
Una guía corta lleva de la mano. Empieza en un punto y acaba en otro, y sirve a quien necesita entender un proceso de principio a fin: qué mirar primero, qué decidir después, qué dejar para más adelante.
Un conjunto de plantillas sirve a quien ya sabe qué quiere hacer y se atasca en la ejecución. La abogada del ejemplo, en lugar de explicar cómo escribir la carta, entrega tres modelos de carta con huecos y comentarios al margen. Ya se ha contado en este periódico el caso de un jardinero paisajista que dejó de perder las tardes con los presupuestos, que es la misma lógica: un buen modelo ahorra horas a quien lo usa.
Una mini-biblioteca de respuestas reúne veinte o treinta preguntas con su respuesta de un párrafo cada una. Es el formato más cómodo de consultar y, para quien lo escribe, el más fácil de empezar, porque la materia prima ya está en tu correo.
No hace falta elegir uno para siempre. Pero sí uno para empezar.
Qué tamaño tiene lo pequeño
Pequeño quiere decir que se consume en una tarde. Resuelve una cosa. Quien lo compra sabe antes de pagar qué va a poder hacer después, y el día que lo recibe lo puede aplicar.
Si te sorprendes añadiendo un capítulo más, para y pregúntate si ese capítulo responde la pregunta de partida. Casi siempre es otro producto.
Este formato no es un curso y no debe parecerlo. Un curso pide estructura, vídeo, ejercicios, seguimiento. Un producto pequeño pide una buena pregunta y una respuesta bien ordenada. Quien intenta hacer el curso entero a la primera suele quedarse a mitad de camino, y un producto terminado vale más que un curso soñado.
Sacarlo de lo que ya tienes: tus correos, tus notas, tus respuestas
Aquí es donde Claude ahorra más tiempo. No inventa tu contenido, lo ordena. Le das ejemplos de tus respuestas, ya limpios de nombres y de cualquier dato que identifique a alguien, y le pides que agrupe las preguntas por tema y que te proponga una estructura.
Luego trabajas pregunta a pregunta. Le pegas tus tres mejores respuestas sobre un tema y le pides que redacte una versión unificada, en tu tono, en segunda persona, sin sonar a folleto. Tú la lees. La cambias. Casi siempre corriges dos o tres frases que suenan correctas y no son tuyas, y es ahí donde el producto empieza a ser tuyo de verdad.
Conviene tener todo ese material en un mismo sitio. Este periódico ya explicó cómo se centraliza el conocimiento de tu negocio en un Proyecto de Claude, y es un buen punto de partida si vas a trabajar en varias tandas.
Una opinión mía, formada en el aula: casi todos los profesionales con años de trayectoria subestiman lo que ya tienen escrito. Lo ven como correos sueltos. Cuando se sientan con cuarenta de ellos delante, descubren que llevan años dictando, sin saberlo, un manual.
Tu criterio, con una revisión que no se delega
Claude puede equivocarse, sobre todo en datos concretos: una norma, un plazo, una cifra, una referencia. Un producto que lleva tu nombre no puede contener nada que tú no hayas comprobado.
Antes de entregar nada, haz dos pruebas. Primera, léelo tú entero, en voz alta, y marca cada frase en la que dudas. Segunda, dáselo a una persona que no sea de tu profesión y que tenga la pregunta que el producto responde. Mírala mientras lo usa, sin ayudarla. Dónde se queda parada te dice qué falta.
Si tu profesión es de salud, añade una regla: nada de promesas sobre resultados en la salud de nadie, y ninguna indicación que pueda sustituir a una consulta. Tu producto puede ordenar información y organizar hábitos de trabajo, pero no diagnosticar.
La calidad de lo que sale depende mucho de cómo se lo pides. Si no has trabajado esa parte, merece la pena leer lo que ya se escribió aquí sobre usar estas herramientas como un novato sin darte cuenta; es un artículo anterior y habla de otra herramienta, pero la lección sobre cómo preguntar sirve igual.
Cómo se entrega sin que estés delante
La entrega es una cadena corta. Una página que explica qué incluye y para quién es. Un modo de pago. Un correo automático que llega al instante con el archivo o el acceso. Y, a los pocos días, otro correo tuyo, escrito una sola vez, que pregunta cómo va y cómo se puede usar mejor.
Las plataformas que hacen esto son muchas, y cambian. Algunas son de formación, otras de boletines, otras de pago con descarga. Elige la más sencilla que ya sepas manejar, no la más completa.
Eso es automatización de la entrega, y tú sigues al mando de todo lo demás: qué contiene, cuándo se actualiza, a quién se le ofrece. El martes que alguien lo compra mientras tú estás con un cliente, nadie espera a nadie.
Escribe también, dentro del producto, cómo hacerte una pregunta si surge. Una dirección, una frase que diga cuándo respondes. Sin eso, las dudas llegan por cualquier canal y se te llena la semana.
Un ejemplo de punta a punta, con una decoradora
Un miércoles por la tarde, la decoradora abre su correo y filtra por la palabra salón. Encuentra veintidós respuestas suyas sobre luz, color y muebles. Quita los nombres, las calles y los detalles de cada vivienda, y se queda con el patrón de lo que ella pregunta primero y de lo que recomienda después.
Le pasa a Claude esas respuestas limpias y le pide que las agrupe. Salen cuatro bloques: salones con poca luz, salones con mucha luz y calor, salones largos y estrechos, salones que son también despacho. Ella reorganiza dos y renombra uno.
El jueves escribe, con su voz, la respuesta de cada bloque y se la da a revisar a una amiga que acaba de comprar un piso. La amiga se atasca en un párrafo que da por sabido lo que es una temperatura de color. Lo reescribe.
El viernes deja la entrega montada. El sábado por la noche alguien que no conoce a la decoradora compra la mini-biblioteca y la tiene en su correo antes de cerrar el portátil. Ella estaba en una comida.
Cómo se mantiene al día sin hacerlo crecer sin fin
Un producto pequeño se revisa en un día fijo del trimestre. Una hora para leer las preguntas que han llegado, cambiar lo que haya quedado viejo y añadir, como mucho, una respuesta nueva.
La tentación es ampliar. Resiste. El valor de lo pequeño es que se puede terminar y se puede leer entero. Si la biblioteca pasa de treinta respuestas a cien, deja de ser lo que la gente compró.
Si algo crece de verdad, que sea otro producto, con otra pregunta de partida. Dos productos pequeños bien pensados valen más que uno grande que nadie termina.
El producto pequeño como puerta a lo grande
Quien compra una mini-biblioteca de respuestas y la usa durante un mes se hace una idea muy precisa de cómo piensas. Algunos quedan satisfechos con eso. Otros quieren más, y entonces preguntan por tu servicio con una confianza que ningún anuncio compra.
Deja esa puerta a la vista, sin insistir: una página final que cuente qué más haces y cómo trabajar contigo. Nada de presión. Quien lo necesite lo verá.
Y vigila las preguntas que llegan después. Son tu segunda versión. Si diez personas te preguntan lo mismo sobre un punto, el producto tiene un hueco, o ahí hay otro producto esperando.
Cuándo no merece la pena
Cuando tu respuesta cambia por completo según la persona y no hay forma de ordenarla en un texto. Hay profesiones donde casi todo es caso por caso, y entonces el producto pequeño será pobre.
Cuando no tienes un mínimo de personas que ya te hagan esa pregunta. Un producto sin público no se arregla con mejor diseño.
Y cuando lo harías para evitar la conversación con tus clientes. El producto pequeño ayuda a quien no puede, o no quiere todavía, trabajar contigo uno a uno. No sustituye al acompañamiento personal, y quien lo usa lo nota enseguida.
Si quieres montar un producto como este dentro de un negocio propio que se sostenga en el tiempo, en «Evolution IA» lo trabajamos con tu material y tu servicio. Lo cuento aquí.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es exprofesor asociado del IE Business School con Premio a la Excelencia Docente, y en 27 años ha formado a más de 33.000 profesionales de 55 países. Ha intervenido en RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h, es autor de Liderazgo (Editatum, 2018) y lidera una comunidad en línea de más de 500.000 personas, con un canal de YouTube de más de 368.000 suscriptores. Hoy ayuda a profesionales con experiencia a vivir de lo suyo con clientes propios en «Evolution IA», y puedes verlo aquí.