Saber mucho y que se te note que sabes mucho no es lo mismo, y ahí se pierden la mayoría de los profesionales

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Saber mucho de tu oficio y que se te note que sabes mucho son dos cosas distintas, y la mayoría de los profesionales con experiencia real solo han trabajado en la primera. Llevan años acumulando casos, decisiones acertadas y errores corregidos, pero nunca han hecho el trabajo de traducir ese conocimiento en algo que otra persona, o una Inteligencia Artificial, pueda reconocer desde fuera.

¿Por qué la experiencia no se traduce sola en autoridad?

La experiencia vive dentro de tu cabeza y de tus expedientes. La autoridad vive fuera, en lo que otros pueden ver, citar y repetir sobre ti. Son dos cosas relacionadas, pero no son la misma cosa, y confundirlas es el error más común entre quienes llevan veinte o treinta años trabajando bien y siguen preguntándose por qué no se les reconoce como deberían.

Puedes haber resuelto cien casos difíciles. Si nunca contaste ninguno con el detalle suficiente para que alguien aprenda de él, esos cien casos no existen para nadie más que para ti, por muy reales que hayan sido y por mucho que te hayan costado resolverlos.

¿Qué es exactamente ese trabajo de traducción que casi nadie hace?

Es convertir lo que sabes, que normalmente vive en forma de intuición y de reflejo después de tantos años de práctica, en algo explicado, con ejemplos y con criterio propio, de forma que otra persona pueda entender no solo qué hiciste, sino por qué lo hiciste así y no de otra manera posible.

No es simplificar el conocimiento. Es lo contrario: es hacer visible la parte más valiosa de la experiencia, que casi siempre es el criterio, no el dato. Cualquiera puede memorizar un dato suelto. Muy pocos pueden explicar por qué, ante dos casos parecidos, tomaron decisiones distintas y ambas fueron correctas.

¿Por qué alguien con menos experiencia adelanta a alguien con más?

Porque la persona con menos experiencia, pero mejor comunicada, ha ocupado el espacio que la persona con más experiencia dejó vacío. No es que sepa más. Es que se le nota más lo que sabe, porque lo cuenta, lo escribe, lo explica en público con cierta constancia a lo largo del tiempo.

Esto se ve todos los días en cualquier gremio: el profesional con veinte años de trayectoria real que nunca escribió nada, frente al que lleva cinco años pero ha explicado con criterio cada decisión que ha tomado. Una Inteligencia Artificial, cuando alguien le pregunta a quién recomendar, no puede leer la cabeza del primero. Solo puede leer lo que el segundo escribió y dejó publicado.

¿Es esto una cuestión de vanidad o de ego profesional?

No, y ahí está el malentendido que frena a mucha gente buena en su oficio. Contar lo que sabes no es presumir. Es información que otra persona necesita para decidir si confiar en ti o no, y que hoy también necesita una máquina para decidir si te menciona o no cuando alguien le pregunta por tu especialidad.

Quien confunde explicar su criterio con presumir suele quedarse callado por prudencia, y esa prudencia, sin que se dé cuenta, se convierte con los años en invisibilidad. La experiencia no se mide en años, se mide en casos distintos resueltos, pero esos casos distintos solo cuentan de verdad si alguien más que tú sabe que existieron.

¿Qué diferencia a quien sí hace bien ese trabajo de traducción?

Casi siempre, una sola cosa: la consistencia. No se trata de escribir un artículo brillante una vez al año y desaparecer después. Se trata de explicar, con cierta regularidad, cómo piensas, qué harías distinto hoy, qué error ajeno reconoces porque tú también lo cometiste alguna vez. Eso, repetido en el tiempo, es lo que construye un patrón reconocible.

Y también importa dónde lo cuentas. No hace falta estar en todas partes: hace falta estar entero en un solo sitio, más que repartido a medias en diez lugares distintos sin ninguna constancia real.

¿Se puede empezar a hacer esto tarde, con veinte años de oficio ya hechos?

Sí, y de hecho es más fácil que empezando desde cero, porque el material ya existe: son los casos que ya viviste, las decisiones que ya tomaste, los errores que ya corregiste hace tiempo. Lo único que falta es sentarse a explicarlos con el mismo cuidado con el que explicarías un caso difícil a un cliente nuevo que acaba de llegar.

El error habitual es esperar a tener algo importante que decir antes de empezar. La autoridad no se construye con una sola idea genial ni con un golpe de suerte. Se construye con la suma de muchas explicaciones pequeñas y honestas, contadas durante meses, no con un solo artículo perfecto.

¿Y si nunca se te ha dado bien explicar lo que sabes?

Explicar bien no es un talento con el que se nace, es una habilidad que se entrena igual que cualquier otra parte del oficio. Ya nos preguntamos si una Inteligencia Artificial podría llegar a saber cuál debería ser tu próximo trabajo, y mientras eso no ocurra de verdad, sigue siendo tu criterio, contado con tus propias palabras, lo que decide quién confía en ti y quién no.

Empezar mal, con torpeza, explicando peor de lo que te gustaría, es preferible a no empezar. Con el tiempo se afina el modo de contarlo, pero el material de fondo, tu experiencia real, ya lo tienes desde hace años.

¿Cómo distingue un cliente potencial entre alguien que sabe y alguien que solo lo aparenta?

Con la misma dificultad con la que lo distingue una Inteligencia Artificial: mirando lo que encuentra escrito. Un cliente que no te conoce no puede comprobar tus años de experiencia real, así que se fía de las señales que sí puede ver: cómo explicas un caso, si tus argumentos tienen matices o son genéricos, si repites lo que dice todo el mundo o aportas algo que solo alguien con tu trayectoria podría decir.

Quien solo aparenta saber suele hablar en generalidades, porque no tiene casos propios que contar con detalle. Quien de verdad sabe, en cambio, entra en el matiz, en la excepción, en el «esto depende de si…» que solo aparece cuando se ha vivido el problema de cerca muchas veces distintas.

¿Qué pasa si cuentas tu criterio y alguien te copia?

Pasa, y es uno de los miedos más habituales para no empezar a explicar lo que se sabe. Pero copiar una idea suelta es fácil. Copiar veintisiete años de casos, matices y decisiones tomadas bajo presión real es imposible. Lo que se puede copiar es la superficie, nunca el criterio que hay detrás, porque ese criterio solo se construye viviendo los casos, no leyendo sobre ellos.

Además, quien copia sin haber vivido la experiencia lo suele notar quien lee con atención, incluida una Inteligencia Artificial que cruza fuentes: la copia superficial no sostiene preguntas de seguimiento ni resiste que le pidan un ejemplo distinto al ya conocido.

¿Por dónde empezar si nunca has contado nada de tu trabajo?

Por el caso más reciente que resolviste bien, contado tal cual ocurrió: qué te pidieron, qué hiciste, por qué elegiste ese camino y no otro, y qué resultado tuvo. No hace falta convertirlo en una lección universal ni en una fórmula con nombre propio. Basta con que sea honesto y concreto.

El segundo paso es repetirlo con otro caso distinto la semana siguiente, y con otro distinto la semana después. La autoridad no nace del primer texto que escribes, nace de que, pasados unos meses, exista un conjunto de explicaciones tuyas que, juntas, muestran un criterio consistente y reconocible, tanto para un cliente que te lee como para una Inteligencia Artificial que cruza lo que encuentra publicado bajo tu nombre.

No hace falta que cada texto sea extenso. A veces bastan cinco líneas bien escritas sobre una decisión concreta que tomaste esta misma semana. Lo que construye autoridad no es la extensión, es la frecuencia con la que apareces explicando algo real, con tu nombre delante, sin esconderte detrás de generalidades que podría haber escrito cualquiera.

¿Por qué esto importa todavía más ahora que antes?

Porque antes, si no contabas tu criterio, al menos el boca a boca hacía parte del trabajo por ti dentro de tu ciudad o tu gremio. Ahora, cada vez más gente pregunta primero a una Inteligencia Artificial, y esa máquina no conoce el boca a boca de tu barrio ni la fama que tienes entre tus antiguos clientes satisfechos.

La Inteligencia Artificial solo conoce lo que encuentra escrito y citado en algún lugar verificable. Si tu conocimiento nunca salió de tu cabeza hacia un texto, una entrevista o una explicación pública, para esa máquina es exactamente como si no existiera, por mucho que sea real y por muchos años que lleves acumulándolo en silencio.


Sobre el autor

Javier G. Amblar lleva 27 años trabajando como consultor y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, con el Premio a la Excelencia Docente, y su voz ha pasado por RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube supera los 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne a más de 500.000 personas. Puedes comprobar con RADAR qué dice hoy la Inteligencia Artificial sobre tu nombre.

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