Lo que aprendí a traducir para no quedarme obsoleto sin dejar de ser el mismo

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Empecé a ejercer la consultoría estratégica antes de que existiera nada de lo que hoy se da por hecho: sin redes sociales, sin vídeo bajo demanda, sin ningún sistema capaz de responder por ti cuando no estás delante. Lo que he aprendido en 27 años de oficio es que el conocimiento de fondo no caduca. Lo que caduca, una y otra vez, es la forma en la que ese conocimiento se entrega a quien lo necesita.

Un mismo diagnóstico, tres formatos distintos a lo largo de una carrera

El análisis que le hacía a un directivo hace veinte años en una sala de reuniones era, en el fondo, el mismo tipo de análisis que hago hoy: identificar dónde está el problema real detrás del síntoma que la persona describe, y decidir qué hay que cambiar primero. Lo que ha cambiado por completo es el formato en el que ese análisis llega a quien lo necesita.

Antes era una conversación de una hora, con una pizarra y un café de por medio. Hoy puede ser un vídeo de doce minutos, un artículo que alguien lee antes de escribirme, o una respuesta que una Inteligencia Artificial le da a esa persona antes incluso de que sepa que existo. El contenido del criterio no ha cambiado. El envoltorio, sí, y de forma radical.

La primera vez que sentí que mi oficio se me quedaba corto de formato

Recuerdo con claridad el momento en que entendí que el problema no era mi criterio, era mi forma de entregarlo. Llevaba años explicando las mismas ideas en aulas y en reuniones cerradas, y funcionaban. Pero fuera de esas salas, esas mismas ideas no llegaban a nadie, porque yo no había aprendido todavía a construir algo que una persona pudiera encontrar, entender y aprovechar sin que yo estuviera físicamente presente.

No fue un problema de conocimiento. Fue un problema de traducción. Sabía lo que quería decir, pero no sabía todavía cómo decirlo en el idioma del formato nuevo.

Traducir no es simplificar, es reconstruir sin perder el fondo

La tentación más habitual, cuando un profesional con años de oficio se enfrenta a un formato nuevo, es simplificar de más, quitarle matices al criterio hasta que quepa en un titular, y terminar diciendo algo que cualquiera podría haber dicho. Esa no es la traducción correcta. La traducción correcta reconstruye la misma idea completa, con el mismo nivel de exigencia, pero en una estructura que el formato nuevo permite seguir sin perder el hilo.

Esto exige más trabajo, no menos. Es mucho más fácil repetir un consejo genérico en dos minutos que sostener una idea con matices reales en el mismo tiempo. Pero es la única forma de que el formato nuevo no vacíe el criterio que llevaste años construyendo.

Los medios cambiaron, el criterio que se les exige no

He pasado por radio en directo, por televisión, por el aula de un máster y, en los últimos años, por un canal propio y por un periódico digital como este. Cada uno de esos formatos me exigió aprender reglas distintas: ritmo, duración, tono, forma de abrir una idea. Pero en ninguno de ellos cambió lo que de verdad importaba, que la persona al otro lado se llevara algo que pudiera usar.

El error que he visto cometer a muchos profesionales de mi generación es pensar que, si dominaron un formato durante veinte años, el formato nuevo debería adaptarse a ellos. No funciona así. El criterio no cambia. La forma sí, y hay que aprenderla desde cero cada vez que aparece una herramienta distinta.

Lo que no se traduce nunca: la responsabilidad de lo que dices

Hay algo que ningún formato nuevo cambia, y es la responsabilidad sobre lo que afirmas. Da igual que lo digas en una sala con veinte directivos delante o que lo escribas en un artículo que puede leer cualquiera dentro de tres años. Si te equivocas, el error es tuyo, y si aciertas, el acierto también.

Esa responsabilidad es, en mi experiencia, lo único que separa a un profesional que traduce bien su oficio de otro que solo imita la forma sin sostener el fondo. Un formato nuevo se puede aprender en meses. La disciplina de responder por lo que dices se construye en años, y no hay atajo posible.

Por qué esto importa hoy más que en cualquier otro momento de mi carrera

Ahora mismo, un profesional que lleva veinte años ejerciendo con solvencia puede sentir exactamente lo que yo sentí la primera vez, que su conocimiento ya no tiene forma de llegar a quien lo necesita, porque el formato en el que aprendió a entregarlo ha dejado de ser el que la gente usa para buscar y decidir. Esa sensación no significa que el conocimiento haya perdido valor. Significa que toca traducirlo, otra vez.

Lo he hecho varias veces a lo largo de 27 años, y cada vez me costó menos que la anterior, porque lo que de verdad se entrena no es un formato concreto, sino la capacidad de reconstruir un mismo criterio en cualquier formato que aparezca después.

El primer cliente que me lo hizo evidente, sin decírmelo con esas palabras

Recuerdo a un cliente, a principios de los años dos mil, que me pidió el mismo análisis que yo llevaba años entregando en reuniones cerradas, pero me dijo algo que entonces no supe interpretar del todo, que preferiría poder repasarlo después, sin depender de estar de nuevo sentado conmigo. En aquel momento lo resolví con un resumen escrito de cuatro páginas. Hoy sé que aquella petición, tan simple, ya anunciaba el cambio de fondo que tardaría veinte años en entender por completo, que el valor de lo que yo sabía no dependía de que yo estuviera físicamente presente para explicarlo.

No cambié nada en ese momento. Seguí dando el mismo tipo de sesiones durante años. Pero esa frase se quedó ahí, esperando a que yo tuviera las herramientas y la costumbre de traducir lo que sabía a un formato que pudiera existir sin mí delante.

Lo que aprendí al equivocarme por simplificar de más

La primera vez que intenté llevar mi criterio a un formato de vídeo corto, cometí el error que veo cometer hoy a muchos profesionales con experiencia. Recorté tanto la idea para que cupiera en pocos minutos que terminé diciendo algo que cualquiera podría haber dicho, una versión desangrada de lo que de verdad pensaba. Funcionó, en el sentido de que la gente lo vio. Pero no dejó nada, porque no había nada mío de verdad en esa versión.

Corregirlo me costó entender que la duración del formato no tiene por qué determinar la profundidad del contenido. Se puede decir algo con matices reales en poco tiempo, siempre que se elija con cuidado qué parte de la idea completa merece ese espacio limitado. Lo que no se puede hacer es meter la idea completa a la fuerza y esperar que sobreviva el recorte.

Cómo distingo hoy una traducción bien hecha de una mala

Con los años he llegado a una prueba sencilla que aplico a cualquier formato nuevo que aprendo. Si al terminar de escribir o de grabar algo, siento que podría defenderlo delante de un cliente exigente exactamente igual que defendería una sesión de consultoría de una hora, la traducción está bien hecha. Si siento que estoy evitando ciertas preguntas porque el formato no me deja espacio para responderlas con rigor, entonces no he traducido la idea, la he recortado hasta que dejó de ser mía.

Esta prueba no depende del formato en sí. La he aplicado a artículos, a vídeos, a hilos de correo y ahora a este mismo periódico. Lo que cambia es la forma. Lo que no puede cambiar nunca, si quiero seguir firmando lo que digo, es el nivel de exigencia que le pongo antes de compartirlo.

Lo que le diría a quien lleva veinte años haciendo bien su oficio y hoy se siente perdido

Le diría, primero, que el problema casi nunca es el que parece. No es que su conocimiento haya perdido valor, es que todavía no ha encontrado la forma de entregarlo en el formato que su cliente de hoy usa para buscar y decidir. Esa confusión es la que más rápido desanima a un profesional con años de trayectoria, porque interpreta como fracaso propio lo que en realidad es un problema de traducción, resoluble con tiempo y con la disposición a aprender algo nuevo sin renunciar a lo que ya sabe.

Le diría también que no hace falta traducirlo todo de golpe. Yo tardé años en trasladar mi criterio del aula y de la sala de reuniones a un canal propio y a un periódico digital, y cada paso fue más fácil que el anterior, porque lo que de verdad se entrena no es un formato concreto, sino la capacidad de reconstruir la misma idea en cualquier forma que haga falta.

Y le diría, por último, que la traducción se nota, con el tiempo, en algo muy concreto, en si un cliente nuevo llega ya entendiendo qué tipo de profesional eres antes de la primera reunión, o si sigues teniendo que explicarlo todo desde cero cada vez. Cuando el formato está bien traducido, ese trabajo de explicación se adelanta, y la primera conversación empieza en un punto mucho más avanzado que hace veinte años.


Sobre el autor

Javier G. Amblar lleva 27 años ejerciendo la consultoría estratégica y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018) y reúne hoy a una comunidad en línea de más de 500.000 personas. Conoce RADAR.

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