El 11 de junio de 2026, una jueza federal de Mississippi canceló un juicio y expulsó a cuatro abogados del caso porque tanto la parte demandante como la demandada habían citado sentencias inventadas por la Inteligencia Artificial, y ninguno de los dos bufetes revisó el resultado antes de presentarlo ante el tribunal. La lección no es que la herramienta falle. Es que cualquier profesional que firma un documento técnico asume ese riesgo el día que deja de revisarlo.
Qué pasó exactamente en el caso de Mississippi
La jueza Sharion Aycock, del Distrito Norte de Mississippi, llevaba un pleito por impago de honorarios legales contra el ayuntamiento de Aberdeen. Cuando el tribunal comprobó las sentencias citadas en los escritos de los abogados del demandante, varias no existían. Al revisar los escritos de la parte contraria encontró el mismo problema: los abogados del ayuntamiento también habían usado Inteligencia Artificial para redactar su defensa y tampoco habían comprobado las citas antes de presentarlas.
«Este caso presenta al tribunal un escenario inusual: letrados de ambas partes incurrieron en una conducta sancionable similar», escribió la jueza en su resolución, recogida por el medio jurídico británico Legal Cheek el 11 de junio de 2026. No es un despacho contra otro. Es una tendencia que ya toca a los dos lados de la mesa.
Por qué echó a cuatro abogados y no a dos
De los cuatro implicados, los dos que redactaron los escritos con las citas falsas recibieron las sanciones más duras: perdieron el permiso para ejercer ante ese tribunal, quedaron inhabilitados durante dos años y tuvieron que pagar 3.500 y 2.500 dólares respectivamente. Los otros dos, que actuaban como letrados locales de apoyo, fueron apartados del caso y multados con 1.000 dólares cada uno, por firmar sin comprobar lo que otro había escrito. Con los cuatro fuera, el juicio quedó cancelado y las partes tuvieron que buscar representación nueva. No es el único caso con consecuencias económicas reales: otro profesional perdió un contrato de 150.000 dólares por un párrafo que había escrito una máquina sin que nadie lo revisara.
La frase que debería quedarse con cualquier profesional
«El deber de un abogado de verificar su trabajo es absoluto y no se puede externalizar a la tecnología ni delegar en un compañero», escribió también la jueza Aycock. No hace falta ejercer la abogacía para que esa frase aplique. Sirve igual para un informe de consultoría, un dictamen técnico, un presupuesto detallado o cualquier documento que un cliente vaya a usar para tomar una decisión con su dinero de por medio.
No es un caso aislado, es una tendencia con cifras
Según la base de datos que mantiene el investigador Damien Charlotin, de HEC Paris, a principios de julio de 2026 ya sumaba 1.668 casos judiciales en el mundo en los que un tribunal confirmó que alguna de las partes se apoyó en contenido inventado por Inteligencia Artificial, 1.163 de ellos en Estados Unidos. El propio despacho de abogados que adopta Inteligencia Artificial para ganar velocidad es hoy el mismo que puede perder un caso entero por no revisar lo que esa velocidad produce.
Qué revisar antes de firmar cualquier documento hecho con ayuda de IA
La solución no es dejar de usar estas herramientas, es tratar lo que producen como un borrador, nunca como un hecho comprobado. Antes de entregar o firmar conviene comprobar tres cosas: que cada dato, cita o referencia exista de verdad y diga lo que el documento afirma que dice, que las cifras coincidan con la fuente original y no solo con lo que suena razonable, y que el nombre propio citado corresponda a la persona o entidad real. Ese trabajo de verificación no lo puede hacer la misma herramienta que generó el texto. Existen señales concretas para distinguir un trabajo revisado de uno que no lo fue, y aprender a verlas es ya parte del oficio.
Quien lleva veinte años construyendo su reputación sobre el criterio propio no puede permitirse que una tarde distraída con una herramienta se lo juegue todo. Poner una estructura clara a cómo se usa la Inteligencia Artificial en el propio trabajo, no solo qué se le pide sino cómo se comprueba lo que devuelve, es justo lo que se trabaja en Evolution, la mentoría de Javier G. Amblar.
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