En una charla de 2019 dije que, en diez años, la autoridad de un profesional independiente iba a depender menos de su título y de la institución que lo respaldaba, y más de lo que esa persona demostraba en público con su propio criterio. Han pasado siete años, no diez, pero ya hay suficiente para revisar esa frase con honestidad y ver qué acerté y qué no.
El contexto en el que hice esa predicción
Lo dije en una charla para consultores y asesores, en un momento en el que LinkedIn empezaba a llenarse de gente publicando con regularidad y en el que todavía se hablaba del título universitario y la colegiación como el argumento principal de autoridad. Mi apuesta era que ese argumento iba a perder peso frente a la evidencia pública y sostenida de lo que alguien sabía de verdad.
No fue una intuición aislada. Venía de observar, año tras año, cómo clientes con presupuesto elegían entre dos consultores con credenciales parecidas y se decantaban por el que había mostrado su forma de pensar en un artículo, una charla o un vídeo, no por el que tenía el diploma más vistoso colgado en la pared.
Lo que acerté: el criterio público ya pesa más que el título
Esta parte se cumplió, y se cumplió más rápido de lo que yo mismo esperaba. Hoy es habitual que un cliente busque a un profesional, lea o vea algo suyo, y decida en función de si esa persona piensa con claridad sobre su problema concreto, antes incluso de mirar dónde estudió o qué colegio profesional lo respalda.
La llegada de los sistemas de Inteligencia Artificial aceleró esto de una forma que en 2019 no anticipé del todo: cuando alguien le pregunta a un modelo de lenguaje por un especialista, el sistema no consulta el título académico, consulta lo que esa persona ha escrito, dicho o publicado en algún sitio verificable. El criterio documentado se convirtió en la materia prima con la que la máquina construye su respuesta. Eso cambia también el tipo de trabajo que vale la pena hacer: ya no basta con tener criterio, hace falta dejarlo escrito en algún sitio que una máquina pueda leer y citar, porque el criterio que solo existe en la cabeza de un profesional, por bueno que sea, no llega a la conversación que un cliente potencial tiene con su asistente antes de decidir.
Lo que no acerté: subestimé cuánto tiempo tardaría la confianza en cambiar de sitio
Donde me equivoqué fue en la velocidad del cambio de confianza generacional. Pensé que, en diez años, buena parte del público general trataría el criterio público con la misma seriedad con la que trata hoy un título colgado en la pared. Eso todavía no ha pasado del todo, sobre todo entre el público de más edad, que sigue dando un peso considerable a las credenciales tradicionales.
Lo que sí cambió más rápido de lo previsto fue el comportamiento de quien decide con presupuesto propio: pequeñas y medianas empresas, profesionales que contratan a otros profesionales. Ese segmento adoptó el criterio de «muéstrame lo que sabes» mucho antes que el público general, y ahí mi cálculo de tiempos se quedó corto por exceso de cautela, no por exceso de optimismo.
Un error que no vi venir: pensé que bastaría con publicar
Hay una parte de aquella predicción que hoy corregiría del todo. En 2019 daba por hecho que publicar con regularidad sería suficiente para construir esa autoridad basada en criterio. Con el tiempo he visto que no: la cantidad de contenido publicado dejó de ser una ventaja en cuanto se volvió fácil de generar en masa, primero con equipos de redactores y después con la propia Inteligencia Artificial.
Lo que de verdad sostiene la autoridad no es la frecuencia de publicación, es la coherencia de un punto de vista sostenido durante años, algo que ni un equipo grande ni una máquina rápida pueden fabricar de la noche a la mañana sin que se note el hueco.
Lo que la investigación sobre predicciones de expertos explica de este ejercicio
El psicólogo Philip Tetlock dedicó años a estudiar las predicciones de expertos en distintos campos y encontró que, en promedio, no eran más precisas que un pronóstico hecho al azar. Su conclusión no era que los expertos no sirvan, sino que casi nadie vuelve después a comprobar si acertó, y por eso el error se olvida y la próxima predicción se hace con la misma confianza que la anterior.
Este artículo es, en parte, un intento de no caer en eso: volver sobre una frase concreta, con fecha y contexto, y medirla contra lo que realmente pasó, en vez de dejarla como una anécdota de charla que suena bien y que nadie revisa después.
Qué le diría hoy a la persona que hizo esa charla en 2019
Le diría que acertó en la dirección pero se quedó corto en la causa. No fue solo un cambio cultural el que movió la confianza hacia el criterio público: fue la llegada de sistemas capaces de leer y sintetizar ese criterio a una escala que ningún cliente individual podría replicar por su cuenta buscando manualmente. En 2019 no existía ChatGPT, y la idea de una máquina capaz de leer todo lo que un profesional había publicado y resumirlo en segundos para un cliente potencial era, en el mejor de los casos, ciencia ficción de consultor optimista.
También le diría que fue prudente de más al pensar que el título tradicional perdería peso de forma pareja en todos los públicos. Los cambios no llegan a la vez para todo el mundo, y eso importa a la hora de decidir a quién le hablas y con qué prisa.
Por qué revisar una predicción propia es incómodo, y por qué merece la pena
Es más cómodo dejar una frase de hace siete años enterrada en la memoria de quienes estuvieron en aquella sala. Revisarla en público obliga a admitir errores de cálculo delante de gente que quizá no los conocía, y eso no tiene ningún beneficio inmediato ni comercial.
El beneficio es otro, y es a más largo plazo: quien revisa sus propias predicciones con honestidad, en vez de repetir siempre el mismo discurso seguro, tiene más credibilidad para hacer la siguiente. No porque acierte siempre, sino porque demuestra que sí se está mirando lo que pasó de verdad.
Lo único que mantendría exactamente igual
Si tuviera que repetir una sola frase de aquella charla sin cambiar una palabra, sería esta: el título abre la primera puerta, pero ya no sostiene la relación con el cliente el tiempo suficiente. Eso, siete años después, no solo se cumplió, se quedó corto de lo rápido que iba a pasar. Volveré sobre esta misma frase dentro de otros años, con la misma disposición a admitir lo que no vi venir, porque esa es, al final, la única forma honesta de seguir opinando sobre el futuro de un oficio que lleva casi tres décadas cambiando delante de mí.
Lo que aprendí sobre hacer predicciones en público
Antes de aquella charla de 2019 evitaba comprometerme con fechas concretas, por prudencia profesional. Con el tiempo entendí que una predicción sin fecha ni marco temporal no sirve para nada, porque nunca se puede comprobar si se cumplió o no. Poner un plazo, aunque se falle, es lo que permite este ejercicio de revisión honesta que estoy haciendo ahora.
Desde entonces intento acompañar cualquier afirmación sobre el futuro de mi terreno con un plazo explícito y con la disposición de volver sobre ella cuando ese plazo se cumpla, en vez de dejarla flotando como una opinión que nadie tiene que rendir cuentas de si acertó.
Cómo distinguir una predicción útil de una frase que solo suena bien
Una predicción útil dice quién, qué cambia, cuánto tiempo y por qué mecanismo concreto va a pasar. Una frase que solo suena bien dice que «todo va a cambiar» o que «el futuro ya está aquí», sin comprometerse con nada que se pueda verificar después.
Al releer mis propias notas de aquella charla de 2019 encontré varias frases del segundo tipo, que sonaban bien entonces y que hoy no aportan nada porque no dicen nada comprobable. Las he ido descartando de mi propio discurso con los años, y esta revisión me confirma por qué merecía la pena hacerlo.
Sobre cómo esta idea se aplica hoy al sector de la consultoría, conviene leer La Inteligencia Artificial en la consultoría va a toda velocidad, y sobre otra predicción revisada con la misma honestidad, Predijeron que este año la búsqueda caería un 25 %. No ha pasado, y eso enseña más que si hubiera pasado.
Sobre el autor
Javier G. Amblar tiene 27 años de experiencia en consultoría, comunicación y estrategia empresarial, y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente, es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018) y dirige hoy una comunidad en línea de más de 500.000 personas.
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