Desde el 2 de agosto de 2026 existe en Europa la obligación de avisar de que usas Inteligencia Artificial cuando la persona que está al otro lado podría no darse cuenta. Se aplica el artículo 50 del Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, el 2024/1689, y no va dirigido solo a las grandes tecnológicas: alcanza al chatbot de una web de una sola persona, al vídeo con una voz clonada y al texto informativo generado con una herramienta. Lo que casi nadie está contando es quién responde de todo eso, porque en muchos casos no es quien fabrica la herramienta.
Qué entró en vigor exactamente el 2 de agosto
El Reglamento europeo se aplica por tramos desde 2024, y el tramo que acaba de activarse es el de la transparencia. La idea de fondo es sencilla y bastante razonable: nadie debería estar interactuando con una máquina sin saberlo, ni consumir un contenido fabricado creyendo que es real.
La propia Comisión ha publicado unas directrices con ejemplos prácticos para explicar cómo se aplica. Están todavía en fase de borrador y no son vinculantes, así que el detalle fino puede moverse, pero marcan el criterio con el que van a mirar las autoridades nacionales. Y hay un dato que conviene tener en cuenta: según el comprobador de cumplimiento de la propia Comisión, la transparencia es ya el segundo motivo de incumplimiento más frecuente, y afecta a alrededor del 33% de las organizaciones consultadas.
Las cuatro cosas que hay que avisar, dichas en cristiano
La norma separa cuatro situaciones. La primera es la más conocida: si un sistema interactúa directamente con una persona, un chatbot o un asistente de voz, esa persona tiene que saber que no habla con un humano, salvo que resulte evidente para alguien razonablemente informado.
La segunda es el contenido generado o manipulado: imagen, vídeo, audio o texto. Aquí no basta con poner un aviso bonito. Las directrices exigen dos cosas a la vez, marcado legible por máquina y medios de detección disponibles, y son explícitas al respecto: «el cumplimiento de solo uno de ellos no resulta suficiente». Queda fuera el uso de la Inteligencia Artificial como apoyo de edición estándar, es decir, corregir, pulir o dar formato sin alterar el fondo.
La tercera afecta a los sistemas que reconocen emociones o clasifican a las personas por rasgos biométricos: hay que informar a quien queda expuesto a ellos. Y la cuarta son las ultrasuplantaciones, los llamados deepfakes, y los contenidos informativos de interés público, donde hay que revelar que el material es artificial.
El punto que casi nadie explica: el responsable eres tú
Aquí está la parte que de verdad cambia las cosas para un profesional que trabaja por su cuenta. La norma distingue dos figuras. El proveedor es quien desarrolla el sistema y lo pone en el mercado con su nombre. El responsable del despliegue es quien lo utiliza bajo su autoridad, salvo que lo haga en una actividad personal ajena a su profesión.
Si tienes una consulta, un despacho o una tienda y has puesto un chatbot en tu web, tú eres responsable del despliegue. Si publicas un vídeo con una voz clonada o un contenido informativo generado con una herramienta, también. Que la tecnología sea de una compañía americana no te saca de la ecuación, del mismo modo que el reglamento de protección de datos tampoco eximió a nadie por usar servicios de terceros. La responsabilidad puede recaer sobre varios actores a la vez, y una de esas manos es la tuya.
Conviene además saber que las plataformas que solo difunden contenido creado por otros no se consideran responsables del despliegue. Es decir, la red social donde publicas no responde por ti. Tú sí.
Qué revisar esta semana si tienes web, consulta o tienda
Empieza por el chat de tu página, si lo tienes. Comprueba si dice con claridad que es un sistema automático, en la primera pantalla y con palabras normales, no escondido en un aviso legal que nadie abre. Un «asistente virtual» no siempre basta, porque mucha gente entiende que hay una persona detrás.
Sigue por tus contenidos. Si generas imágenes, voces o vídeos con Inteligencia Artificial y los publicas como si fueran reales, es momento de revisar cómo lo señalas. Y si publicas textos informativos hechos con estas herramientas, mira qué dices al respecto y dónde.
Después, tus grabaciones y tus llamadas. Si usas algún sistema que analiza el tono o el estado de ánimo de quien llama, ahí hay una obligación de informar que suele pasarse por alto por completo.
Y por último, tus contratos con proveedores. Merece la pena preguntar por escrito qué cumple exactamente cada herramienta que has contratado, porque el día que alguien pregunte, la respuesta la vas a tener que dar tú. Esto no es asesoramiento legal, y si tu caso tiene aristas conviene sentarse media hora con quien lleve tu asesoría antes que improvisar.
Por qué ir por delante sale más barato que esperar
Es tentador pensar que esto es cosa de las grandes y que a un negocio de una persona no va a venir nadie a mirarle el chat de la web. Puede que tengas razón durante un tiempo. El problema es que la presión no llega solo de las autoridades: llega de un cliente que se siente engañado, de un competidor que lo señala o de una reseña pública que te cuesta mucho más que cualquier expediente.
Además, la dirección del viento es bastante clara. Europa lleva años marcando el paso en esto y otros países acaban copiando el modelo, como ya ocurrió con el primer intento europeo de poner reglas a la Inteligencia Artificial. Al mismo tiempo, parte de la propia industria empieza a asumir límites por su cuenta, y algunas compañías han hecho de eso su forma de diferenciarse.
Hay una lectura final que a nuestro lector le sirve más que la norma. Decir con naturalidad que usas Inteligencia Artificial, y dónde, ha dejado de ser una debilidad. A un cliente de cincuenta y cinco años que ya sospecha de todo, la franqueza le tranquiliza mucho más que la apariencia de perfección. Lo que le hace desconfiar no es que uses la herramienta, es enterarse por su cuenta de que la usabas.
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