Una página con veinte palabras de lo que haces, cada una explicada como tú la explicarías en la consulta o en el despacho, es de los textos que más años aguantan en una web. Quien busca esa palabra la encuentra contigo. Los buscadores, que releen las páginas con regularidad, siguen encontrándola. Y no caduca, porque una definición bien hecha de «presupuesto cerrado» o de «primera valoración» dice lo mismo dentro de cinco años que hoy.
Lo difícil no es escribirla. Lo difícil es decidir qué veinte palabras y con qué voz. De eso trata el resto del artículo.
Por qué una lista de palabras y no otro artículo más
Un artículo responde una duda en un momento. Un glosario responde veinte, y las responde a quien llega con una palabra suelta en la cabeza, que es como llega mucha gente.
Piensa en lo que alguien escribe cuando todavía no sabe a quién contratar. No escribe «busco un profesional con veinte años de experiencia». Escribe una palabra que oyó en una conversación, una que vio en un correo, una que le dijo su cuñado. Qué es una mediación. Qué significa cerrar una reforma por fases. En qué consiste una pauta de alimentación. Esa persona busca entender, no comprar, y quien le explica con claridad se queda como la voz de confianza.
Un glosario también reúne en un solo sitio lo que tienes repartido en conversaciones. Esas explicaciones que repites cada semana a clientes distintos con las mismas palabras ya están escritas en tu cabeza. Solo falta ponerlas en una página.
Cómo elegir las veinte palabras
No las elijas sentado delante de un documento en blanco. Elígelas con material.
Abre tus correos enviados de los últimos meses y busca las veces que explicaste algo. Mira las preguntas que te hacen en la primera cita. Repasa los mensajes de clientes donde ponen entre comillas un término que no dominan. Cada vez que alguien dijo «perdona, ¿eso qué es?», anota la palabra. Con una tarde tienes treinta o cuarenta. Descarta hasta quedarte con veinte.
El criterio de descarte es sencillo. Quédate con las palabras que tus clientes necesitan entender para decidir bien, y deja las que solo usan entre colegas. Y quédate con las que suelen malinterpretarse: cuando una misma palabra significa una cosa en tu profesión y otra en la calle, esa es una buena candidata.
Veinte es una cifra práctica, no mágica. Con doce ya vale la pena publicar. Con cuarenta la página se vuelve un muro. Veinte cabe en una pantalla grande de índice y se lee en un rato.
Cada definición, en tus palabras
Aquí está la diferencia con un diccionario. Un diccionario define. Tú explicas.
Cada entrada puede tener tres o cuatro frases, no más. La primera dice qué es, en lenguaje que entendería alguien que nunca ha pisado tu sector. La segunda dice para qué le sirve a la persona que la lee. La tercera, si hace falta, avisa de un malentendido habitual. Y a veces una cuarta cuenta cómo lo haces tú, porque ahí es donde se nota que hay una persona detrás.
Sin jerga para quedar bien. Si el término técnico es el único que existe, lo usas y lo explicas. Si hay una palabra corriente que dice lo mismo, usa la corriente.
Yo he visto muchas veces, en el aula y en consultoría, cómo un profesional con una trayectoria enorme se bloquea al escribir una definición sencilla, porque siente que simplificar es traicionar lo que sabe. Es al revés. Quien domina un tema es quien puede decirlo en tres frases sin que se rompa nada. Lo que se rompe es la vanidad.
Un ejemplo, escrito despacio
Una interiorista con estudio propio en Bilbao elige la palabra «circulación». En su gremio significa el espacio libre para moverse por una estancia. En la calle suena a tráfico.
Su entrada podría decir: «La circulación es el pasillo invisible por el que te mueves dentro de una habitación. Si tienes que girar el cuerpo para pasar entre el sofá y la mesa, la circulación es estrecha. Cuando diseño un salón, lo primero que mido es ese paso, antes de elegir un solo mueble.»
Son cuatro frases, y están todas las cosas que hacían falta: qué es, cómo se nota en casa y cómo lo trabaja ella. No promete nada. No presume. Cualquiera que haya buscado esa palabra sale sabiendo algo, y sabiendo quién se lo ha contado.
Ahora imagina el mismo ejercicio hecho por una abogada de familia con la palabra «convenio regulador», o por un asesor con «pago fraccionado», o por un psicólogo con consulta propia con «primera sesión de valoración», explicada sin ninguna promesa clínica, solo lo que ocurre en esa hora. Cambia la profesión. El gesto es el mismo.
La página: cómo ordenarla para que se lea y se encuentre
Una sola página, con una dirección propia y un título que diga lo que es, por ejemplo «Glosario de interiorismo» o «Palabras que oirás cuando trabajemos juntos». Arriba, un párrafo corto que explique para quién es. Debajo, un índice con las veinte palabras como enlaces internos a cada entrada.
Las entradas, por orden alfabético, cada una con su propio subtítulo. Que el subtítulo sea la palabra tal como la escribiría alguien al buscarla. Si alguien escribe «qué es la circulación en interiorismo», tu subtítulo puede ser «Qué es la circulación en interiorismo», no solo «Circulación».
Al final, una frase que invite a escribirte si falta una palabra. Ese pequeño gesto te devuelve las palabras que se te hayan olvidado, y es la fuente de las siguientes entradas.
Qué hace un buscador, y qué hace una Inteligencia Artificial, con esa página
Un buscador clásico lee la página, entiende de qué trata cada bloque y la ofrece cuando alguien pregunta por alguna de esas palabras. Una página organizada por entradas facilita ese trabajo, porque cada definición es un bloque con su propia pregunta y su propia respuesta.
Con las herramientas que responden en lenguaje natural ocurre algo parecido. Perplexity explica en su centro de ayuda que busca en la web en el momento de la pregunta y responde con citas numeradas que enlazan a las páginas originales. ChatGPT Search, presentado por OpenAI el 31 de octubre de 2024, también muestra enlaces a las fuentes de sus respuestas, según contó 9to5Google. Una definición clara, en un párrafo corto que se entiende sola, es exactamente el tipo de fragmento que se puede recoger y citar.
No te prometo que lo hagan. Nadie puede prometerlo, y, según el análisis de llmpulse, Perplexity no publica su fórmula completa para ordenar fuentes. Lo que sí puedes hacer es poner a su alcance un texto que merezca ser elegido. Sobre cómo se mantienen vivos los contenidos antiguos tienes un buen ejemplo en esta historia de una dieta colgada en un blog en 2015, que sigue contestando por su autora.
Y el propio buscador cambia. Ya hablamos del Modo IA de Google cuando llegó; cambie como cambie el formato, lo que sigue valiendo es un texto que explica bien una cosa.
Trabajarlo con Claude sin que escriba por ti
Claude puede ayudarte en dos momentos, y en ninguno escribe lo que tú no has dicho.
El primero es sacar las palabras. Le das un montón de correos tuyos, sin datos de clientes, y le pides que localice los términos que explicaste más de una vez. Te devuelve una lista y tú descartas. Es el equivalente a pasar una tarde releyendo, en diez minutos.
El segundo es la revisión. Escribes tu definición a mano, con tu manera de hablar, y se la pasas con una petición clara: dime si una persona sin formación la entendería y qué palabra no explico. Te señala los huecos. La voz sigue siendo la tuya. Si le pides que redacte la definición, te devolverá algo correcto y sin nadie dentro, y eso se nota en la primera frase.
Hay profesionales que ya trabajan así su terminología. Un ejemplo es el de un intérprete de conferencias que prepara con Claude el vocabulario técnico de cada congreso, y otro, cómo centralizar el conocimiento de tu negocio en los Proyectos de Claude para no repetirlo en cada conversación. Lo que se ahorra es tiempo de ordenar; el criterio sigue siendo de quien firma.
Mantenerlo vivo sin que te ocupe la agenda
Una vez publicada, la página pide poco. Una palabra nueva al trimestre, o cuando un cliente te pregunte algo que aún no está. Una revisión al año para comprobar que ninguna definición ha quedado desfasada, y es raro que ocurra si las escribiste sobre cómo trabajas y no sobre modas.
Cada vez que respondas a alguien con una de estas palabras, mándale el enlace en lugar de volver a explicarla. Ahí está lo bueno: la misma explicación que hiciste una vez sirve cien veces. Y cada vez que alguien llegue a ella desde un buscador, estarás trabajando sin estar.
Si dentro de dos años abres la página y todavía te reconoces en ella, hiciste bien las definiciones.
Lo que un glosario no hace
No sustituye a una buena página de servicios ni a la primera conversación con quien te contrata. No sirve a quien hace una actividad con muy poco vocabulario propio, y hay profesiones así. Tampoco convierte nada por sí solo: informa, tranquiliza y deja una buena impresión, pero la decisión de contratarte se toma después, hablando contigo.
Para eso está el resto de lo que construyes. El glosario es una pieza que no te pide atención una vez hecha y que acompaña a quien todavía no te conoce hasta que se decide a escribirte.
Si quieres revisar tus veinte palabras con alguien que lleva años ayudando a profesionales a explicar lo suyo sin renunciar a su voz, en «Evolution IA» lo trabajamos dentro del conjunto de lo que construyes para vivir de tus propios clientes. Lo cuento aquí.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es exprofesor asociado del IE Business School, con Premio a la Excelencia Docente, y acumula 27 años enseñando y asesorando a quienes viven de su conocimiento. Ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países, ha pasado por RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h, y firma el libro Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube tiene más de 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne a más de 500.000 personas. Si quieres trabajar con él cómo hacer visible lo que sabes, mira «Evolution IA» en esta página.