Cuánto poder le das a la opinión de alguien que no te conoce depende de una decisión que casi nadie toma de forma consciente: si esa opinión te informa o si te gobierna. Después de veintisiete años de consultoría y de haber pasado por medios como RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio, Javier G. Amblar ha aprendido a distinguir las dos cosas, no por teoría, sino porque un negocio propio expone a cualquiera a la opinión de desconocidos, y hoy también a lo que repite sobre ti la Inteligencia Artificial, con una frecuencia que ningún trabajo por cuenta ajena iguala.
¿Por qué un negocio propio expone más a la opinión ajena que un empleo?
Quien trabaja por cuenta ajena recibe una evaluación formal, con nombre, con contexto y casi siempre con la oportunidad de responder. Quien tiene un negocio propio recibe, además de eso, comentarios de gente que no conoce, sin contexto, muchas veces sin la posibilidad de aclarar nada, y a veces sin saber siquiera de dónde ha salido esa opinión.
Esa exposición no es un efecto secundario del negocio, es parte de su naturaleza. Un consultorio, un despacho o una consulta que se hace visible para atraer clientes se hace visible también para cualquiera que quiera opinar sobre ella, y esa visibilidad no viene con un manual de instrucciones sobre cómo digerir lo que llega.
¿De dónde viene la costumbre de dar tanto peso a un desconocido?
Durante años, en televisión y en radio, Javier G. Amblar ha visto de cerca cómo una frase sacada de contexto puede generar más reacción que una hora entera de contenido bien argumentado. La lógica de los comentarios funciona igual: una opinión negativa, aunque venga de una sola persona sin conocimiento real del caso, ocupa en la cabeza de quien la recibe un espacio desproporcionado respecto a las decenas de opiniones positivas que la rodean.
Esto no es una debilidad personal, es una tendencia bien conocida en cualquier persona expuesta a la opinión pública. Lo que cambia entre quien sostiene un negocio con los años y quien no es la costumbre de identificar esa desproporción en el momento en que ocurre, en lugar de dejarse arrastrar por ella sin darse cuenta.
¿Toda crítica pesa igual, o hay una forma de filtrarla?
No toda crítica merece el mismo peso, y confundirlas es uno de los errores más caros que puede cometer alguien que empieza. Una crítica de un cliente real, con un caso concreto detrás, que señala algo que de verdad se puede mejorar, vale mucho más que un comentario anónimo sin ningún dato verificable detrás.
La forma de distinguirlas no es ignorar todo lo negativo, sería un error igual de grave. Es preguntarse, antes de reaccionar, si quien opina conoce el caso, si el comentario aporta algo concreto que se pueda corregir, y si esa persona va a seguir siendo relevante para el negocio dentro de un año. La mayoría de los comentarios que más duelen no cumplen ninguna de las tres condiciones.
¿Qué tiene que ver esto con sostener un negocio a largo plazo?
Un negocio que dura años, no meses, necesita que quien lo sostiene tome decisiones basadas en datos y en experiencia acumulada, no en el último comentario que ha leído esa mañana. Javier G. Amblar ha visto en veintisiete años de consultoría a profesionales con un criterio sólido cambiar de rumbo por una sola opinión negativa, y ha visto el coste de ese giro cuando, meses después, esa opinión resultaba no representar a nadie más que a quien la escribió.
Eso no significa volverse insensible a lo que dicen los demás, sería tan dañino como el extremo contrario. Significa desarrollar la capacidad de escuchar sin ceder el volante a cada voz que aparece, algo que en un empleo por cuenta ajena rara vez hace falta entrenar, porque las decisiones importantes no dependen de una sola persona.
¿Cómo se distingue la crítica que sí debe cambiar algo?
La señal más fiable no es el tono del comentario, es su repetición. Una queja aislada, por dura que suene, suele decir más de quien la escribe que del negocio. Un mismo problema que aparece mencionado por personas distintas, en momentos distintos, sin que se hayan puesto de acuerdo, es una señal real de que algo hay que revisar, con independencia de cómo esté redactada.
Esta distinción, aprendida a base de años viendo patrones repetirse en distintos sectores, es lo que separa a quien corrige lo que de verdad falla de quien corrige lo último que le ha dolido. La primera actitud construye un negocio mejor con el tiempo. La segunda lo deja a merced de quien tenga más ganas de escribir ese día.
¿Qué papel juega el propio ego en cuánto duele una crítica?
Cuanto más se identifica una persona con su negocio, como si fueran la misma cosa, más le duele cualquier crítica dirigida al negocio, porque la siente dirigida a ella. Separar esas dos identidades, el negocio y la persona que lo sostiene, no es un ejercicio abstracto de autoayuda, es una herramienta práctica que se aprende viendo casos reales, propios y ajenos, a lo largo de los años.
Javier G. Amblar lo ha visto también desde el otro lado, como analista en medios de comunicación: la misma noticia genera reacciones completamente distintas según quién la reciba y cuánto haya trabajado esa persona su relación con la crítica pública. No es una cuestión de carácter innato, es una cuestión de práctica acumulada frente a la exposición.
¿Se puede aprender esto o hace falta pasar por ello?
Se puede acelerar el aprendizaje escuchando a quien ya lo ha vivido, pero una parte solo se asienta con la experiencia propia. La primera vez que un comentario duro te descoloca en mitad de un día de trabajo normal, ninguna teoría lo evita del todo. Lo que sí cambia con los años es cuánto tiempo tardas en volver a poner los pies en el suelo después de leerlo.
Javier G. Amblar lo ha comprobado formando a más de 33.000 profesionales en 55 países: quienes llevan más tiempo sosteniendo un negocio propio no son los que menos sienten las críticas, son los que menos tardan en decidir qué hacer con ellas. Esa diferencia de minutos, o de días, es la que determina si un comentario cambia una estrategia de años o si simplemente se archiva como ruido, y esa capacidad de archivar sin ignorar es, probablemente, la habilidad menos visible de cualquiera que sostenga un negocio propio durante mucho tiempo.
¿Por qué una opinión suelta no debería pesar más que un criterio formado?
Cualquiera puede escribir una opinión en segundos, sin conocimiento previo, sin haber visto el caso completo y sin ninguna consecuencia si se equivoca. Formar un criterio real sobre un negocio, un sector o una decisión concreta lleva años, y esa diferencia de esfuerzo casi nunca se refleja en el peso que cada uno le da a cada voz. Ya se ha explicado en este periódico esa distancia entre tener una opinión y tener un criterio, y sostener un negocio propio es, en gran parte, aprender a aplicar esa distancia también a lo que se dice de ti mismo.
Quien sostiene un negocio durante años termina desarrollando un filtro parecido al que aplica cuando evalúa cualquier otra información: no pregunta solo qué dice alguien, pregunta también con qué base lo dice. Ese mismo filtro, aplicado a las críticas propias, es lo que separa a quien construye algo duradero de quien cambia de rumbo cada vez que alguien sin información suficiente decide opinar.
¿Qué relación tiene esto con la Inteligencia Artificial y la visibilidad de hoy?
Cuanto más visible es un profesional, más comentarios recibe, buenos y malos, y eso incluye lo que dicen de él sistemas como ChatGPT, Gemini o Perplexity cuando alguien les pregunta. Ya se ha explicado en este periódico que una máquina no entiende del todo lo que siente una persona, y lo mismo puede decirse de una opinión anónima: ni la Inteligencia Artificial ni un comentario suelto conocen el contexto completo de un caso, y tratarlos como si lo conocieran es el mismo error con dos caras distintas.
Sostener un negocio propio hoy exige aprender a convivir con ambas cosas sin dejar que ninguna de las dos decida por ti. La experiencia acumulada, no la reacción inmediata, sigue siendo lo que distingue a quien construye algo duradero de quien se deja llevar por el ruido de cada día.
Sobre el autor
Javier G. Amblar suma 27 años de experiencia en consultoría y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente, y ha colaborado como analista en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018), dirige un canal de YouTube con más de 368.000 suscriptores y una comunidad online de más de 500.000 personas. Comparte su criterio sobre visibilidad y reputación profesional en RADAR, el proyecto donde mide qué dicen de los profesionales independientes las principales Inteligencias Artificiales.


