Cuando un cliente le pidió a un pequeño negocio que dejara de usar Inteligencia Artificial en sus carteles, no protestaba por la herramienta en sí, protestaba por lo que esos carteles transmitían: un aire genérico, sin criterio propio, que sonaba a cualquier negocio y a ninguno en particular. Lo que de verdad notaba el cliente no era la tecnología, era la ausencia de una decisión humana detrás de cada detalle.
¿Qué es lo que un cliente realmente nota cuando algo se ve «hecho con Inteligencia Artificial»?
La mayoría de los clientes no sabría explicar técnicamente por qué un cartel les resulta frío o intercambiable. Lo que perciben, sin ponerle ese nombre, es la falta de decisiones concretas: una composición que podría servir para cualquier negocio del mismo sector, colores demasiado perfectos, frases que suenan a plantilla repetida mil veces.
Ese aire genérico no es un defecto exclusivo de la Inteligencia Artificial. Es lo que ocurre siempre que un material se produce sin que nadie tome decisiones propias sobre qué contar, cómo contarlo y por qué esa forma concreta encaja con ese negocio y no con otro.
Un caso verosímil: los carteles genéricos que empezaron a alejar clientes
Imagina una pastelería de barrio que lleva quince años funcionando gracias al boca a boca y a una estética muy reconocible, hecha a mano durante años por la propia dueña. Con la llegada de herramientas de Inteligencia Artificial, empieza a generar los carteles de temporada en minutos, sin revisar demasiado el resultado, porque ahorra tiempo en las semanas de más trabajo.
Al cabo de unos meses, una clienta habitual le comenta, con cariño pero con franqueza, que los carteles nuevos «ya no parecen los de siempre», que se ven como los de cualquier cafetería de cualquier ciudad. La dueña se sorprende, porque para ella los carteles cumplían su función: anunciaban la promoción, tenían buena resolución, se veían profesionales.
Revisando los últimos carteles junto a su hija, se da cuenta de que ha desaparecido algo que antes estaba siempre presente: un detalle dibujado a mano, una broma local, una referencia a un cliente habitual. Los carteles nuevos comunican la oferta perfectamente, pero ya no comunican quién es ella ni por qué su pastelería es distinta a las demás.
Se da cuenta también de que ella misma, al generar los carteles en pocos minutos, dejó de mirar el resultado con el mismo cuidado que antes ponía en cada detalle dibujado a mano. La herramienta no eliminó su criterio, simplemente le hizo más fácil no ejercerlo.
¿Qué transmite un material genérico sobre el cuidado que pones en tu negocio?
Un material de marketing no solo informa, también comunica cuánto criterio y cuánto cuidado hay detrás del negocio que lo produce. Cuando ese material parece intercambiable con el de cualquier competidor, el cliente recibe, sin que nadie se lo diga en voz alta, la sensación de que el negocio tampoco pone especial cuidado en lo demás.
Esta sensación pesa especialmente en negocios donde la confianza personal es parte del servicio: una consulta, un estudio, un taller, una tienda de barrio. Si el cliente percibe que ni siquiera el cartel de la puerta lleva pensamiento propio detrás, es fácil que empiece a dudar de otras decisiones del negocio que no puede ver directamente.
¿Por qué la Inteligencia Artificial no es el problema, es cómo se usa?
Nada de esto significa que usar Inteligencia Artificial en materiales de marketing sea, en sí mismo, un error. El problema aparece cuando la herramienta sustituye por completo la decisión humana, en lugar de acelerar una parte del proceso mientras el criterio del negocio sigue marcando el resultado final.
Generar diez variantes de un cartel en minutos y elegir, ajustar y personalizar la mejor de ellas es un uso razonable de la herramienta. Publicar la primera variante que sale, sin ningún filtro propio, es lo que produce ese aire genérico que los clientes acaban notando, aunque no sepan ponerle nombre técnico.
El debate sobre si la Inteligencia Artificial sustituye o acompaña el trabajo creativo lleva tiempo abierto, como se puede ver en el análisis sobre su impacto en la industria creativa. La respuesta, caso a caso, casi siempre depende de si el criterio humano sigue presente en el resultado final.
¿Qué diferencia hay entre usar la herramienta y dejar que decida por ti?
Usar la herramienta significa que tú sigues decidiendo qué se dice, con qué tono, con qué guiños propios de tu negocio, y la Inteligencia Artificial simplemente ejecuta más rápido una idea que ya es tuya. Dejar que decida por ti significa aceptar sin cuestionar lo primero que genera, porque cumple mínimamente la función y ahorra tiempo en una semana ocupada.
La diferencia no se nota en la calidad técnica del resultado, que puede ser perfectamente correcta en los dos casos. Se nota en si ese material podría haber salido de cualquier otro negocio del mismo sector, o si solo podría haber salido del tuyo.
¿Cómo se nota la falta de criterio en un detalle tan pequeño como un cartel?
Un cartel parece un detalle menor comparado con el resto de decisiones de un negocio, pero es precisamente su pequeñez lo que lo convierte en una prueba fiable. Un cliente no puede evaluar tu criterio profesional a fondo en cada interacción, pero sí percibe, de forma casi automática, si los detalles visibles llevan pensamiento propio o no.
Cuando varios detalles pequeños empiezan a sentirse genéricos a la vez, el cliente no piensa conscientemente «esto lo hizo una máquina sin supervisión». Simplemente empieza a sentir que el negocio ya no es tan especial como recordaba, y ese sentimiento, aunque impreciso, afecta a si vuelve o no.
Ese mecanismo tiene mucho que ver con cuánto peso le damos a impresiones que ni siquiera sabemos justificar del todo: un cliente rara vez explica por qué algo le resulta distante, simplemente deja de volver.
¿Qué hizo distinto cuando volvió a poner su criterio por delante?
La pastelera no dejó de usar Inteligencia Artificial. Cambió el proceso: sigue generando ideas rápidas con la herramienta, pero ahora elige personalmente cuál se acerca más a lo que quiere contar, y añade siempre un detalle propio antes de imprimir cualquier cartel, aunque sea una frase escrita a mano escaneada o una referencia a algo que solo sus clientes habituales entenderían.
El tiempo que ahorra generando variantes lo invierte en la parte que de verdad importa: decidir qué hace que ese cartel sea reconociblemente suyo. La clienta que hizo el comentario fue la primera en notar el cambio, semanas después, sin que nadie le explicara qué había pasado por detrás.
¿Por qué este problema afecta más a quien trabaja solo?
Un negocio pequeño no tiene un equipo de marketing detrás que revise cada material antes de publicarlo. Quien decide, produce y publica suele ser la misma persona, muchas veces en los ratos libres entre otras tareas, y eso hace mucho más fácil que un material salga sin la revisión de criterio que antes se daba casi de forma automática.
La rapidez de las herramientas de Inteligencia Artificial multiplica este riesgo, porque produce resultados aceptables en segundos. Cuando algo se ve suficientemente bien a primera vista, es tentador saltarse el paso de preguntarse si de verdad representa a tu negocio o si simplemente cumple el mínimo.
¿Qué pierde un negocio pequeño frente a uno grande en este terreno?
Una empresa grande compite en parte por precio, por alcance o por presencia en muchos canales a la vez. Un negocio pequeño con clientela local compite, sobre todo, por algo distinto: la sensación de trato cercano y de cuidado personal que una empresa grande no puede ofrecer con la misma naturalidad.
Cuando los materiales de un negocio pequeño empiezan a parecerse a los de cualquier competidor sin rostro, se pierde precisamente la ventaja que ese negocio tenía frente a las opciones más grandes y más baratas. Renunciar a ese criterio propio, aunque sea sin darse cuenta, es renunciar a la razón principal por la que un cliente elige lo pequeño en lugar de lo grande.
¿Qué puedes revisar hoy en tus propios materiales?
Mira los últimos carteles, publicaciones o materiales que has producido y pregúntate si alguno de ellos podría haber salido, literalmente igual, de cualquier otro negocio de tu sector. Si la respuesta es sí en varios de ellos, no es un problema de la herramienta que usaste, es un aviso de que tu criterio ha dejado de estar presente en decisiones que antes tomabas tú.
No hace falta rehacer todo de golpe. Basta con volver a añadir, en el próximo material que produzcas, un solo detalle que solo tú podrías haber puesto ahí: una referencia concreta, una forma de contar las cosas que te reconoce cualquiera que ya te conozca. Ese detalle, por pequeño que sea, es lo que separa un negocio con criterio de uno que se limita a generar contenido correcto.
Poner tu criterio por delante de cualquier herramienta, incluida la Inteligencia Artificial, es justo lo que trabaja Evolution con profesionales que no quieren que su negocio se vuelva intercambiable.
Sobre el autor
Javier G. Amblar lleva 27 años trabajando en liderazgo y comunicación, con más de 33.000 profesionales formados en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, distinción reconocida con el Premio a la Excelencia Docente, y su voz ha sonado en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018) y hoy conecta con una comunidad en línea de más de 500.000 personas, además de un canal de YouTube con más de 368.000 suscriptores. Si quieres que tu criterio, no la plantilla, sea lo que define tu negocio, entra en Evolution.


