El consejo más caro que te puede dar un algoritmo es el que ya querías escuchar

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Rodearte solo de gente que piensa como tú es el consejo más caro que te puede dar un algoritmo, y también el más caro que te puedes dar a ti mismo. En veintisiete años de consultoría, Javier G. Amblar ha visto el mismo patrón repetirse en despachos, consultas y pequeños negocios: el profesional que solo escucha a quien le da la razón deja de ver el problema hasta que el problema empieza a facturar menos. La Inteligencia Artificial que usas cada día para pedir consejo, si solo le preguntas para confirmar lo que ya piensas, hace exactamente lo mismo que el socio que nunca te lleva la contraria.

Lo que la Inteligencia Artificial hace cuando solo le pides que te dé la razón

Una herramienta de Inteligencia Artificial generativa no tiene opinión propia sobre tu negocio. Responde a partir de lo que le escribes, y si le escribes una pregunta cargada ya con la respuesta que quieres oír, te la va a dar con una soltura que suena a validación experta. Eso no es un fallo técnico, es exactamente para lo que está diseñada: continuar la conversación en la dirección que tú marcas.

El problema aparece cuando confundes esa continuidad con un diagnóstico. Un consultor que lleva veintisiete años sentado frente a mesas de despacho sabe distinguir cuando un cliente pregunta para aprender y cuando pregunta para que alguien firme lo que ya decidió. Con la IA pasa igual, solo que no hay nadie al otro lado que note la diferencia y te la señale.

El cliente que llega a consultoría ya convencido y solo quiere que alguien, o alguna Inteligencia Artificial, lo confirme

Javier G. Amblar reconoce el patrón nada más empezar la primera reunión. Hay clientes que traen una decisión tomada y una lista de argumentos a favor, y lo que buscan no es criterio, es un segundo firmante. Se nota en el tono de las preguntas: nunca son «qué opinas», siempre son «no crees que esto es lo correcto».

Ese tipo de cliente suele ser el que menos avanza en dos años, aunque sea el que más satisfecho sale de cada reunión. Confunde la comodidad de sentirse entendido con el progreso real de su negocio, y esa confusión cuesta dinero, aunque tarde en notarse.

Cómo se entrena, sin darte cuenta, a la Inteligencia Artificial para que te aplauda

Cada vez que corriges una respuesta de la Inteligencia Artificial porque «no era lo que buscaba», en realidad le estás enseñando qué forma de pensar prefieres, no cuál es correcta. Repite ese gesto durante meses y tendrás un asistente que se ha adaptado a tu sesgo con precisión quirúrgica, aunque tu sesgo esté llevando tu consulta o tu despacho por el camino equivocado.

No hace falta mala fe ni pereza para llegar ahí. Basta con preferir, de forma completamente humana, la respuesta que suena a razón frente a la que suena a objeción. La IA aprende de esa preferencia igual que aprendería un empleado que solo recibe elogios cuando dice que sí.

La diferencia entre pedir información a la Inteligencia Artificial y pedir permiso

Pedir información es preguntar qué dice la evidencia. Pedir permiso es preguntar de forma que la única respuesta razonable sea la que ya querías escuchar. Javier G. Amblar ha visto esa misma diferencia durante años en las reuniones de estrategia, mucho antes de que existiera ningún chat con el que hablar a solas a las once de la noche.

La Inteligencia Artificial ha hecho más fácil pedir permiso sin darte cuenta de que lo estás pidiendo, porque responde con la seguridad de un experto aunque solo esté devolviendo el eco de tu propia pregunta. Esa seguridad es la trampa: suena a criterio externo y es, en realidad, tu propio criterio con otra voz.

Qué se pierde un despacho, una clínica o una consultoría cuando nadie, ni siquiera la Inteligencia Artificial, contradice al que manda

Quien dirige un negocio pequeño suele trabajar solo, sin socios que discutan sus decisiones ni comités que las frenen. Eso da velocidad, y esa velocidad es una de las razones por las que alguien monta su propio despacho en vez de quedarse en una estructura grande. Pero la misma soledad que da velocidad quita el freno natural que existe cuando alguien más tiene que estar de acuerdo contigo antes de avanzar.

Si a esa soledad se le suma un entorno, humano y de Inteligencia Artificial, que solo confirma, el negocio pierde la única función que de verdad protege el dinero: la de alguien que pregunta «y si estás equivocado, qué pasa». Esa pregunta no aparece sola, hay que pedirla expresamente, y casi nadie la pide.

El momento exacto en que la Inteligencia Artificial deja de ser útil y empieza a ser cómoda

Hay un punto de inflexión fácil de identificar en retrospectiva y casi imposible de ver mientras ocurre. Al principio usas la Inteligencia Artificial para explorar ángulos que no habías considerado, y eso es útil de verdad. Con el tiempo, sin proponertelo, empiezas a usarla para que te tranquilice antes de una decisión que ya habías tomado.

El cambio no se nota en la herramienta, se nota en ti: dejas de hacer preguntas abiertas y empiezas a hacer preguntas cerradas que solo admiten un sí. Cuando eso pasa, ya no estás pidiendo criterio, estás pidiendo compañía.

Por qué los clientes que se van casi nunca avisan, ni a ti ni a la Inteligencia Artificial que usas para retenerlos

Nada de esto significa desconfiar por sistema de quien te apoya, ni convertir cada conversación en un examen. Significa distinguir entre el apoyo que te sostiene cuando ya decidiste bien y el apoyo que te impide ver que decidiste mal. Son cosas distintas y se confunden con una facilidad sorprendente cuando el negocio va, en apariencia, aceptablemente bien.

En consultoría estratégica, la señal de alarma casi nunca es una queja. Es el silencio. El cliente que va a irse deja de discutir, deja de cuestionar, empieza a estar de acuerdo con todo, y ese acuerdo repentino se confunde fácilmente con una relación que por fin funciona bien.

Ningún panel de métricas ni ninguna consulta a una herramienta de Inteligencia Artificial va a detectar ese silencio si tú tampoco lo estás buscando. La tecnología solo encuentra lo que le pides que busque, y casi nadie le pide que busque las señales de que algo se está rompiendo en silencio.

La pregunta que casi nadie le hace ni a un asesor ni a la Inteligencia Artificial: dónde me equivoco

Es una pregunta incómoda de escribir y todavía más incómoda de leer respondida. Javier G. Amblar la recomienda como ejercicio periódico, no como gesto de humildad vacía sino como herramienta de trabajo: preguntar de forma directa dónde está el fallo, no si el plan es bueno.

Formulada así, a un asesor humano o a un sistema de Inteligencia Artificial, esa pregunta obliga a una respuesta distinta a la que sale cuando preguntas «qué te parece». Cambia la pregunta y cambia, casi siempre, la calidad de lo que te responden.

Cómo se nota en la cuenta de resultados que alguien solo escucha a su cámara de eco, humana o de Inteligencia Artificial

No se nota en una reunión, se nota en la facturación de dentro de dos años. Los negocios que se quedan atrás no suelen tener un error grande y visible que los hunda de golpe, tienen una acumulación lenta de pequeñas decisiones que nadie frenó porque nadie las cuestionó a tiempo.

Cuando por fin se nota, ya es tarde para corregir barato. Eso es lo que hace tan caro este consejo del algoritmo que solo confirma: el coste no aparece el día que preguntas mal, aparece meses después, cuando ya es una pérdida hecha y no una decisión que se pudo cambiar.

Usar la Inteligencia Artificial para encontrar la objeción, no la confirmación

Javier G. Amblar suele recordar, en las primeras sesiones con un cliente nuevo, que su trabajo no es decirle lo que quiere oír sino lo que necesita saber para seguir facturando dentro de tres años. Esa distinción, que parece obvia dicha en voz alta, es la que se pierde primero cuando el trato con un asesor, humano o de Inteligencia Artificial, se vuelve cómodo y deja de doler un poco.

El uso más útil que le ha visto dar Javier G. Amblar a la Inteligencia Artificial en consultoría no es pedirle que valide una idea, es pedirle explícitamente que la ataque. Formular la pregunta al revés, «dame las tres razones por las que esto podría salir mal», cambia por completo lo que devuelve la herramienta.

Esa costumbre, tan simple como cambiar el orden de la pregunta, es lo que separa a quien usa la Inteligencia Artificial como espejo de quien la usa como herramienta de verdad. El espejo confirma lo que ya eres. La herramienta te dice lo que todavía no has visto, y eso, en un negocio pequeño donde nadie más te lo va a decir, vale más que cualquier respuesta que suene bien.


Sobre el autor

Javier G. Amblar lleva veintisiete años como consultor estratégico y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente, y ha colaborado con RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018), dirige un canal de YouTube con más de 368.000 suscriptores y reúne, entre todas sus plataformas, una comunidad en línea que supera las 500.000 personas. Si quieres saber si tu presencia digital dice de ti lo mismo que dices tú, puedes revisarlo en RADAR.

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Este artículo se ha elaborado con asistencia de inteligencia artificial para la búsqueda, organización y síntesis de información. El texto final, sus fuentes y sus conclusiones han sido revisados y validados por Anabel Blanco, Editora de IA Actual y Javier G. Amblar, Editor de IA Actual.

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- Editores: Anabel Blanco y Javier Amblar

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