Todo lo que sabes cabe en un producto, y todavía no lo has construido

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Todo lo que sabes después de veinte años de oficio cabe, de alguna forma, en un producto. Javier G. Amblar plantea esta idea a profesionales que llevan toda su carrera vendiendo su tiempo directo, uno a uno, y que nunca se han planteado que ese conocimiento acumulado pueda organizarse en algo que funcione sin que ellos estén presentes en cada minuto de cada entrega.

Qué significa realmente productizar la experiencia

Productizar no significa convertir el oficio en algo impersonal ni renunciar al trato directo que muchos profesionales valoran y que a muchos clientes les importa. Significa tomar la parte del trabajo que se repite, el criterio que se aplica una y otra vez de forma similar, y estructurarla en un formato que no dependa exclusivamente de que el profesional esté disponible en ese momento exacto.

Un abogado que lleva veinte años resolviendo el mismo tipo de conflicto contractual ha desarrollado, sin proponérselo, un método. Ese método, hasta ahora, solo existe en su cabeza y se aplica de forma manual, caso a caso. Productizarlo significa hacerlo explícito, de forma que pueda entregarse con otro formato, no solo con la presencia física del profesional.

Por qué el modelo de uno a uno tiene un límite que la experiencia no puede superar sola

Por muy bueno que sea un profesional, su capacidad de atender clientes directamente está limitada por las horas del día. Ese límite no desaparece por tener más experiencia, al contrario, cuanto más experto es alguien, más solicitado suele estar, y más se agudiza la escasez de su tiempo disponible frente a la demanda que genera.

La única forma de superar ese límite sin renunciar a la calidad es encontrar un formato que permita entregar parte de ese conocimiento sin que cada entrega consuma una hora completa de atención personalizada. Ese es, en esencia, el corazón de productizar.

El error de pensar que productizar significa perder calidad

Muchos profesionales rechazan la idea de productizar porque la asocian con perder el trato personal que consideran parte esencial de su valor. Javier G. Amblar reconoce esa preocupación como legítima, pero aclara que productizar bien no significa eliminar el trato directo, significa reservarlo para donde de verdad aporta valor diferencial y automatizar o estructurar lo que se repite igual con cada cliente.

Un producto bien diseñado no compite con el servicio personalizado del profesional, lo complementa. Puede servir como puerta de entrada, como primer contacto, o como forma de atender a quien no puede o no necesita el nivel más alto de atención personal.

Qué formatos puede tomar la experiencia productizada

No hay un único formato válido, depende del oficio y del tipo de conocimiento acumulado. Puede ser un diagnóstico estructurado que resuelve una primera fase del problema sin necesidad de una consulta completa. Puede ser un programa de acompañamiento con pasos definidos, construido a partir de los patrones que el profesional ha visto repetirse durante años. Puede ser material formativo que transmite el criterio esencial sin requerir presencia constante.

Lo común a todos estos formatos es que capturan algo del criterio del profesional y lo hacen accesible de una forma que no depende exclusivamente de su presencia física en cada interacción.

Por qué esto se ha vuelto más urgente con la Inteligencia Artificial de por medio

La Inteligencia Artificial ha empezado a ofrecer respuestas rápidas y gratuitas a preguntas que antes solo un profesional podía responder. Eso presiona hacia abajo el valor percibido de las consultas más básicas y superficiales, precisamente las que suelen ocupar buena parte del tiempo de un profesional con experiencia.

Quien no tenga una forma de diferenciar su criterio real, acumulado durante años, de lo que una respuesta genérica de Inteligencia Artificial puede ofrecer gratis, va a notar cada vez más presión sobre sus tarifas. Productizar la experiencia es una de las formas más sólidas de mantener ese diferencial visible y defendible.

Cómo empezar a identificar qué parte de tu experiencia se puede productizar

El punto de partida no es tecnológico, es de análisis del propio trabajo. Se trata de identificar qué preguntas o qué problemas se repiten con más frecuencia entre los clientes, y qué parte de la respuesta que se da, sesión tras sesión, es prácticamente la misma con pequeñas variaciones.

Esa parte repetitiva es, casi siempre, la más fácil de estructurar en un producto. Lo que varía caso a caso, lo que requiere verdadero juicio experto adaptado a la situación concreta, sigue reservado al trato directo y personalizado, que es donde la experiencia real sigue siendo insustituible.

El miedo a que un producto revele «el secreto» del oficio

Algunos profesionales temen que estructurar y compartir su método signifique regalar lo que los hace valiosos. Javier G. Amblar contesta a este miedo con una observación práctica: el método explicado no sustituye la capacidad de aplicarlo con criterio a un caso concreto, y esa capacidad de aplicación es la que sigue diferenciando a un profesional experimentado de cualquiera que solo conozca la teoría.

Compartir el marco general no regala la experiencia, la muestra, y esa exhibición suele generar más confianza y más demanda del servicio completo, no menos.

Qué cambia en los ingresos cuando la experiencia deja de depender solo de las horas

Cuando parte del conocimiento se entrega a través de un producto, el ingreso deja de estar atado de forma exclusiva al número de horas que el profesional puede dedicar. Un mismo producto puede llegar a varias personas sin que el tiempo dedicado a cada una sea idéntico al de una consulta uno a uno.

Eso no elimina el trabajo del profesional, pero cambia su naturaleza: parte del tiempo se invierte una vez en construir el producto, y ese esfuerzo se sigue amortizando después, sin necesidad de repetirlo por completo con cada cliente nuevo.

El caso del terapeuta que convirtió sus primeras sesiones en un programa estructurado

Javier G. Amblar acompañó a un terapeuta con más de quince años de consulta que atendía, sesión a sesión, a un perfil de paciente muy similar en sus primeras semanas de tratamiento. Al revisar años de notas, descubrió que las primeras cuatro sesiones seguían casi siempre la misma estructura, adaptada al caso pero repetida en su esqueleto de fondo.

Convertir esas primeras sesiones en un programa estructurado, con materiales propios y una secuencia definida, le permitió atender a más pacientes en esa fase inicial sin perder calidad, y liberar tiempo para dedicarlo a los casos que sí requerían su atención más personalizada y exclusiva.

Por dónde empezar si nunca has estructurado nada de tu trabajo

El primer paso realista no es construir un producto completo de golpe, es documentar durante un mes lo que se repite en la práctica diaria: las preguntas que hacen casi todos los clientes nuevos, los pasos que se siguen casi siempre en un caso típico, las explicaciones que se repiten una y otra vez con distintas personas.

Ese registro, simple y sin pretensiones al principio, es la materia prima real de cualquier producto que se construya después. No hace falta tecnología sofisticada ni una gran inversión inicial, hace falta observar con atención el propio trabajo y anotar lo que de verdad se repite.

Un mes de observación honesta suele bastar para identificar, con bastante claridad, cuál es la parte del oficio que más se repite y con menos variación de un cliente a otro. Esa es, casi siempre, la candidata más sólida para convertirse en el primer producto, precisamente porque ya ha demostrado su utilidad una y otra vez con clientes reales, no porque suene bien sobre el papel. Es también la parte del trabajo donde más fácil resulta convencerse de que sí hay algo estructurable, porque la evidencia lleva años acumulándose delante de los propios ojos.

Por qué conviene probar el producto con clientes reales antes de darlo por terminado

Javier G. Amblar recomienda no esperar a tener un producto perfecto antes de probarlo. Ofrecerlo a un grupo reducido de clientes actuales, con honestidad sobre que es una versión inicial, permite ajustar lo que no funciona antes de invertir más tiempo en pulir algo que quizás necesite cambios de fondo.

Esa primera versión, imperfecta pero probada con casos reales, enseña mucho más sobre qué vale la pena estructurar que cualquier planificación hecha solo sobre el papel, sin contacto con la realidad de quien va a usarlo de verdad.

En Evolution, el programa de acompañamiento personalizado de Javier G. Amblar, ayudar a profesionales con trayectoria a identificar y estructurar esa parte productizable de su experiencia es uno de los trabajos centrales. Puedes conocer más en consultoria.uno/evolution.


Sobre el autor

Javier G. Amblar lleva veintisiete años como consultor estratégico y ha acompañado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente, y ha colaborado con RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018), dirige un canal de YouTube con más de 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne ya a más de 500.000 personas. Puedes revisar cómo te describe hoy la Inteligencia Artificial en RADAR.

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Nota de elaboración y validación

Este artículo se ha elaborado con asistencia de inteligencia artificial para la búsqueda, organización y síntesis de información. El texto final, sus fuentes y sus conclusiones han sido revisados y validados por Anabel Blanco, Editora de IA Actual y Javier G. Amblar, Editor de IA Actual.

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- Editores: Anabel Blanco y Javier Amblar

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