El Premio a la Excelencia Docente del IE no lo gané por dar la respuesta correcta más rápido

Lo más leído

Cuando ganas un premio a la excelencia docente, todo el mundo espera que hables de tus mejores respuestas. Yo prefiero hablar de mis mejores preguntas. El Premio a la Excelencia Docente que recibí como profesor asociado del IE Business School no reconocía al que resolvía más rápido: reconocía al que hacía que otro llegara solo a su propia respuesta. Hoy, con la Inteligencia Artificial contestando en segundos, esa distinción importa más que nunca.

Una clase que no empezaba con la respuesta

Durante los años que fui profesor asociado del IE Business School, antes de que existiera nada parecido a la Inteligencia Artificial que conocemos hoy, aprendí algo que entonces me costó aceptar: si un alumno salía de mi clase con mi respuesta, yo había fallado. Si salía con su propia pregunta resuelta a base de pensar, había hecho mi trabajo.

No es una frase bonita para un currículum. Es, literalmente, lo contrario de lo que uno espera de un profesor cuando entra a un aula por primera vez. Uno espera que el que sabe hable y el que no sabe escuche. A mí me llevó tiempo desaprender eso.

Qué reconoce realmente el Premio a la Excelencia Docente del IE Business School

El Premio a la Excelencia Docente no se entrega por dar las clases más brillantes ni por acumular las evaluaciones más altas en una encuesta de satisfacción, aunque las evaluaciones cuenten. Se entrega, en el fondo, por algo más difícil de medir: la capacidad de generar en otro un cambio de comprensión que no viene de haber escuchado la respuesta correcta, sino de haber llegado hasta ella por su cuenta, con ayuda pero sin que se la sirvieran.

Eso no lo consigues teniendo más información que tus alumnos. La mayoría de las veces yo no era quien más sabía de un caso concreto en esa sala. Lo que aportaba era la pregunta que faltaba, la que nadie se había hecho todavía.

Los criterios formales de este tipo de reconocimientos suelen incluir evaluaciones de alumnos por encima de 4,5 sobre 5, sostenidas durante varios ciclos, no en una sola edición aislada. Pero ese número, por sí solo, no explica nada. Lo que hay detrás de una evaluación sostenida en el tiempo no es un profesor que entretiene, es un profesor cuyas preguntas siguen produciendo efecto mucho después de que termine la clase.

Lo que un buen profesor hace distinto: la pregunta, no la respuesta

Hay una diferencia enorme entre explicar algo bien y preguntar algo bien. Explicar bien exige dominar el tema. Preguntar bien exige algo más difícil: entender exactamente dónde está atascado el otro, y encontrar la pregunta precisa que lo mueve de ahí sin empujarlo con la respuesta.

La mayoría de mis mejores clases no las recuerdo por lo que yo dije. Las recuerdo por el silencio que seguía a una pregunta bien hecha, ese momento en el que un alumno dejaba de mirarme a mí y empezaba a mirar el problema. Ese silencio no se puede acelerar, y tampoco conviene interrumpirlo.

Por qué la respuesta rápida rara vez es la que cambia algo

Llevo 27 años como consultor estratégico, y he visto la misma escena repetirse con clientes de todo tipo de sectores. Cuando alguien llega con un problema y tú le das la respuesta correcta en el primer minuto, esa respuesta casi nunca se queda. La reciben, la anotan, y a la semana siguiente están igual que antes, porque no fue suya: fue tuya.

Cuando en cambio le haces la pregunta que le obliga a mirar su propio problema desde un ángulo que no había considerado, algo distinto ocurre. Tarda más. Incomoda más. Pero cuando llega a su conclusión, esa conclusión sí se queda, porque la construyó él, con sus propias palabras y su propio criterio.

Recuerdo el caso de un directivo que llevaba meses dándole vueltas a una decisión de reestructuración. Cualquiera con experiencia en el sector podía haberle dado la respuesta en diez minutos, y probablemente varios se la habían dado ya. No la había tomado. Lo que le hizo moverse no fue una respuesta nueva, fue una pregunta que nadie le había hecho antes sobre a quién estaba realmente protegiendo con esa indecisión. La respuesta, cuando llegó, fue suya, no mía, y por eso la sostuvo.

La Inteligencia Artificial da la respuesta más rápida que jamás has visto

Hoy cualquiera puede abrir una Inteligencia Artificial y obtener, en segundos, una respuesta razonablemente buena a casi cualquier pregunta. Eso no es poca cosa. Para información, para estructura, para un primer borrador, la Inteligencia Artificial es una herramienta extraordinaria, y sería absurdo fingir lo contrario desde una tarima o desde una consultoría.

Pero una respuesta rápida sigue siendo, en esencia, lo mismo que era hace treinta años cuando la daba un profesor en lugar de una máquina: información que llega desde fuera. Lo que cambia con la Inteligencia Artificial es la velocidad y el acceso, no la naturaleza del proceso por el que alguien de verdad aprende a resolver algo por sí mismo.

Hay incluso un riesgo nuevo que antes no existía del todo: la tentación de confundir tener la respuesta con haber entendido el problema. Cuando la respuesta cuesta un segundo y ningún esfuerzo, es fácil quedarse con ella sin haber recorrido el camino que hace que esa respuesta signifique algo. Eso no es un defecto de la Inteligencia Artificial, es una consecuencia de cómo la usamos cuando tenemos prisa.

Lo que la Inteligencia Artificial no puede hacer: notar el silencio que precede a una buena pregunta

Una Inteligencia Artificial puede generar preguntas, incluso preguntas inteligentes si se lo pides bien. Lo que no puede hacer, al menos no todavía y no de la misma manera, es notar la micro duda en la voz de la persona que tiene delante, el gesto de quien está a punto de entender algo pero todavía no se atreve a decirlo en voz alta, y decidir, en ese instante exacto, callarse en vez de seguir hablando.

Ese instante, el de saber cuándo no decir nada, es tan parte de enseñar bien como saber qué decir. Y es, por ahora, terreno enteramente humano. No por limitación técnica de un sistema u otro, sino porque depende de estar realmente presente con otra persona, algo que ninguna interfaz sustituye del todo.

Lo que 27 años de aulas y consultoría me enseñaron que ninguna herramienta me quita

Empecé dando clases pensando que mi valor estaba en lo que sabía. Con los años entendí que mi valor estaba en lo que era capaz de hacer que otro descubriera. Esa diferencia, que entonces me pareció casi una cuestión de estilo, hoy me parece la frontera más clara entre lo que hace bien una Inteligencia Artificial y lo que sigue haciendo, mejor, una persona con experiencia real y tiempo por delante para escuchar.

No hablo de resistirse a la tecnología ni de idealizar el pasado. Hablo de algo más simple: la rapidez no fue nunca el criterio con el que se mide un buen profesor, ni un buen consultor. Se mide por si el otro se va sabiendo algo que antes no sabía y, sobre todo, sabiendo que lo llegó a saber por sí mismo.

Por qué esto importa más ahora que hace veinte años

Muchos profesionales con una trayectoria larga sienten hoy una inquietud parecida: si una Inteligencia Artificial puede responder casi cualquier cosa en segundos, ¿qué queda de valioso en años de experiencia acumulada? La pregunta es legítima, pero está mal planteada. La experiencia nunca valió por la cantidad de respuestas que uno acumulaba, valió por la calidad de las preguntas que esa experiencia permitía hacer.

Un profesional con veinte o treinta años de trayectoria no compite con una Inteligencia Artificial en velocidad de respuesta. Nunca lo hizo, ni falta que le hacía. Compite, y sigue ganando, en algo mucho más difícil de automatizar: saber exactamente qué pregunta hace falta hacer en cada situación concreta, con cada persona concreta, en el momento concreto en que puede escucharla.

La pregunta correcta hecha con calma sigue siendo terreno humano

Vivimos rodeados de respuestas instantáneas. Cualquier duda técnica, cualquier dato, cualquier resumen, está a un mensaje de distancia gracias a la Inteligencia Artificial. Y sin embargo, la parte del trabajo de un profesor o de un consultor que de verdad transforma algo nunca fue dar la respuesta más rápida. Fue, siempre, hacer la pregunta que el otro necesitaba escuchar en el momento justo en que podía escucharla.

Ese Premio a la Excelencia Docente que recibí en el IE Business School no lo gané por saber más que nadie en la sala. Lo gané, si algo tuve que ver en ello, por aprender a callarme a tiempo. Es una lección que ninguna Inteligencia Artificial me va a poder dar, porque no se aprende leyendo: se aprende delante de otra persona, despacio, durante años.

Si algo he intentado sostener, tanto en un aula del IE Business School como después en veintisiete años de consultoría, es esa misma idea con distintos nombres: no acelerar lo que necesita tiempo para ser de verdad tuyo. La Inteligencia Artificial ha hecho que casi todo lo demás sea instantáneo. Ese instante de silencio antes de una buena respuesta, por suerte, sigue sin poder comprarse ni descargarse.


Sobre el autor

Javier G. Amblar acumula 27 años de experiencia como consultor estratégico y ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países. Fue profesor asociado del IE Business School, etapa en la que recibió el Premio a la Excelencia Docente, y ha colaborado en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Es autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018).

Su canal de YouTube reúne a más de 368.000 suscriptores y su comunidad en línea supera las 500.000 personas que siguen su trabajo sobre estrategia profesional en tiempos de Inteligencia Artificial.

Puedes conocer más sobre su trabajo actual en Evolution.

- Fuentes Generales: El listado aquí
- Imágenes generadas con IA en Magnific

Nota de elaboración y validación

Este artículo se ha elaborado con asistencia de inteligencia artificial para la búsqueda, organización y síntesis de información. El texto final, sus fuentes y sus conclusiones han sido revisados y validados por Anabel Blanco, Editora de IA Actual y Javier G. Amblar, Editor de IA Actual.

Política de Privacidad

- Todas las Imágenes han sido generadas con IA usando Magnific
- Editores: Anabel Blanco y Javier Amblar

Otros artículos sobre IA que debes leer