El futuro de la Inteligencia Artificial y de la humanidad no se va a decidir un día concreto en un laboratorio. Se está decidiendo ya, en herramientas que caben en el móvil, y para quien vive de lo que sabe la pregunta útil es otra: qué parte de su trabajo puede apoyarse en ellas para atender mejor a más gente sin alargar la jornada. Esa respuesta sí está en tu mano, y no depende de ninguna fecha.
¿Qué dicen de verdad los expertos sobre el futuro de la Inteligencia Artificial?
La encuesta más amplia que existe la hizo AI Impacts a 2.778 investigadores que publican en los grandes congresos del sector, y sus resultados se publicaron en enero de 2024. La mediana de sus respuestas da un 50% de probabilidad de que una máquina supere a las personas en todas las tareas hacia 2047. En la edición de 2022 esa fecha estaba en 2060.
Trece años de diferencia en un solo año de encuesta. Eso dice más del ritmo que cualquier predicción concreta.
Ray Kurzweil mantiene en su libro The Singularity Is Nearer (2024) las fechas que ya daba hace dos décadas: inteligencia de nivel humano en 2029 y lo que él llama singularidad en 2045. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, la empresa que creó Claude, escribió en octubre de 2024 el ensayo Machines of Loving Grace, donde sostiene que la biología podría avanzar en cinco o diez años lo que normalmente llevaría entre cincuenta y cien.
Son opiniones serias de gente seria. También son apuestas. Ninguno de ellos sabe qué día pasará nada, y lo dicen.
La singularidad, la especie digital y otras imágenes que conviene leer con calma
Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind, propuso en una charla TED de abril de 2024 pensar en estos sistemas como una nueva especie digital. La imagen es potente y tiene una intención clara: que dejemos de verlos como simples programas y pensemos en cómo convivir con ellos.
La otra imagen famosa es la de la singularidad, ese punto a partir del cual el progreso se acelera tanto que ya no se puede prever. Sirve para vender libros y llenar auditorios. Para organizar la semana de alguien que tiene una consulta, un despacho o un estudio propio sirve bastante menos.
Hay una tercera idea, menos conocida y más útil. Hans Moravec la describió en 1988 en su libro Mind Children: lo que a una persona le resulta fácil, como reconocer una cara, doblar una sábana o leer el gesto de alguien que entra por la puerta, es lo más difícil para una máquina. Y al revés. Casi cuarenta años después, la paradoja sigue explicando por qué un asistente redacta un informe en segundos y un robot todavía tropieza en una cocina.
Lo que ya ha cambiado aunque no salga en los titulares
El cambio grande no es la fecha de ninguna superinteligencia. Es que hoy cualquiera, sin saber nada de programación, puede hablar con Claude, ChatGPT o Gemini en su idioma y recibir un borrador, un resumen o una segunda opinión en un minuto.
Eso ha movido algo muy concreto en la vida de los clientes. Antes de llamar a un profesional, cada vez más personas le preguntan antes a un asistente qué hacer con su caso. Investigadores de la Universidad de Cambridge, Yaqub Chaudhary y Jonnie Penn, lo llamaron en diciembre de 2024 la economía de la intención: el valor ya no está solo en captar la atención de alguien, sino en estar presente en el momento en que decide.
Para quien trabaja por su cuenta, la consecuencia es práctica. La gente llega con más información, a veces buena y a veces equivocada, y espera de ti lo que ninguna máquina le da: que alguien con años de experiencia mire su caso y le diga qué haría.
Qué nos sigue haciendo humanos cuando la máquina contesta tan rápido
Llevo veintisiete años formando a profesionales y dueños de negocio, primero en el aula y después en consultoría. Lo que he visto repetirse, con independencia del sector, es que nadie paga de verdad por información. Paga por criterio: por alguien que sabe qué es importante en su caso y qué puede ignorar.
Ese criterio no se descarga. Se construye con miles de casos, con errores propios y con conversaciones en las que uno aprende a escuchar lo que el cliente no dice. Una herramienta puede ordenarlo, ponerlo por escrito y ayudarte a explicarlo mejor. No lo sustituye.
Lo que sí cambia es cuánto tiempo te queda para usarlo. Si una parte de tu día se va en redactar, ordenar notas, preparar materiales o contestar lo mismo por quinta vez, ahí está el margen que estas herramientas te pueden devolver.
Un martes de Teresa, antes y después
Teresa es fisioterapeuta, tiene consulta propia en Valladolid desde hace diecinueve años y una lista de pacientes que llegan casi siempre por recomendación. Los martes por la tarde no atiende: es el día que dedica a todo lo demás.
Hasta hace unos meses, ese martes se le iba en preparar la charla mensual que da en un club de corredores, actualizar la hoja de ejercicios que entrega en papel y escribir algo para su web que nunca terminaba. Tres tareas que le gustan y que siempre se quedaban a medias.
Ahora abre Claude a las cuatro con sus notas desordenadas de la semana. Le pide que las convierta en el guion de la charla, con su forma de explicar las cosas y sus ejemplos. Revisa, corrige dos ideas que no son exactas y lo da por bueno. Con la hoja de ejercicios hace lo mismo: ella decide qué va y por qué, la herramienta le ayuda a escribirlo claro. A las seis ha terminado.
La atención a sus pacientes no ha cambiado en nada. Sigue siendo ella, con sus manos y su criterio, en cada sesión. Lo que ha cambiado es que el martes vuelve a ser suyo, y que su charla de este mes ya está en su web y le ha traído dos personas nuevas que no venían recomendadas por nadie.
Cuatro preguntas para decidir qué delegar y qué no
Antes de probar ninguna herramienta, conviene saber qué le vas a pedir. Estas cuatro preguntas ordenan esa decisión y valen para cualquier profesión.
- ¿Qué tarea repito cada semana sin que necesite mi criterio en cada línea? Borradores, resúmenes, versiones de un mismo texto, respuestas a preguntas frecuentes.
- ¿Qué sé hacer muy bien pero me cuesta poner por escrito? Tu forma de explicar un caso, tus pasos de trabajo, lo que dices siempre en la primera reunión.
- ¿Qué parte de mi trabajo no delegaría nunca? El diagnóstico, la decisión, la conversación difícil. Escríbelo. Es tu frontera.
- ¿Qué haría con dos horas libres a la semana? Si la respuesta es atender a más gente, escribir, formarte o descansar, ya sabes para qué quieres la herramienta.
La tercera pregunta es la que más gente se salta. Y es la que evita usar mal la herramienta.
Lo que esta tecnología todavía hace mal
Conviene decirlo sin rodeos: estos sistemas se equivocan, y a veces con mucha seguridad. En octubre de 2024 un equipo de investigadores de Apple publicó el estudio GSM-Symbolic, que mostró que pequeños cambios en el enunciado de un problema de matemáticas, como cambiar un nombre o añadir un dato irrelevante, hacían caer de forma notable el rendimiento de los modelos más avanzados.
Los modelos han mejorado mucho desde entonces. La lección sigue valiendo: lo que te devuelve una herramienta es un borrador, y quien firma eres tú.
Tampoco le sirve a todo el mundo igual. Quien tiene una agenda vacía no la va a llenar por usar un asistente; primero necesita que le encuentren. Quien trabaja casi siempre con las manos verá menos diferencia que quien pasa horas delante del ordenador. Y quien no tiene claro qué no delegaría corre el riesgo de entregar justo lo que le hace valioso.
Por dónde empezar esta semana
No hace falta tener una opinión cerrada sobre el futuro de la humanidad para dar el primer paso. Basta con elegir una tarea de la primera pregunta y hacerla esta semana con ayuda de un asistente, revisando cada línea.
Si quieres algunas ideas para pedirle las cosas de forma que te entienda a la primera, aquí tienes cuatro frases que funcionan. Para separar lo que te va a servir dentro de unos años de lo que es moda pasajera, hay tres preguntas muy sencillas. Y si te preocupa que delegar te vuelva perezoso, merece la pena leer por qué usarla bien puede hacerte pensar mejor.
De todas las herramientas que he probado con profesionales que trabajan por su cuenta, Claude es la que más tiempo les está devolviendo en lo que de verdad pesa: escribir, ordenar y preparar. He reunido en un curso corto cómo usarla bien desde el primer día, sin conocimientos técnicos y con ejemplos de gente que atiende a sus propios clientes. Saber más.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es consultor estratégico con 27 años de experiencia y ha formado a más de 33.000 profesionales y dueños de negocio en 55 países. Exprofesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente, ha colaborado con RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h, y es autor de Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube supera los 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne a más de 500.000 personas. Hoy enseña a profesionales por cuenta propia a trabajar con Claude sin perder su forma de hacer las cosas. Más información.