Cuando las emociones sustituyen al pensamiento, la democracia comienza a debilitarse
El historiador Jean-Frédéric Schaub advierte del peligro de convertir el pasado en propaganda política en una época marcada por las redes sociales, la inteligencia artificial y la pérdida de referentes compartidos
Te conviene llegar hasta el final de este artículo porque lo que está en juego no es solamente cómo recordamos el pasado. Es algo bastante más serio: nuestra capacidad para distinguir una prueba auténtica de una falsificación, una investigación rigurosa de un relato interesado y un hecho comprobado de una emoción convertida en verdad. Y es que, cuando dejamos de preguntarnos si algo ocurrió realmente, cualquier persona con suficiente poder puede inventarnos un pasado a medida.
Nunca había sido tan fácil fabricar una imagen histórica que parece real. Una fotografía falsa, un supuesto documento antiguo, una voz atribuida a una persona fallecida o una escena que jamás ocurrió pueden crearse hoy en cuestión de minutos. Zas. Se genera el contenido, se publica en una red social y empieza a circular como si fuera una prueba auténtica.
Lo verdaderamente inquietante es que esa falsificación no necesita ser perfecta. Ni siquiera necesita convencer a todo el mundo. Le basta con llegar a las personas adecuadas, confirmar aquello que ya querían creer y provocar una emoción suficientemente intensa como para que compartan el contenido sin detenerse a comprobarlo.
La inteligencia artificial ha multiplicado esta capacidad hasta unos límites que, hace apenas unos años, nos habrían parecido propios de una película de ciencia ficción. Sin embargo, para el historiador francés Jean-Frédéric Schaub, el problema no se encuentra únicamente en las nuevas herramientas capaces de producir imágenes, textos, voces y vídeos convincentes.
La amenaza más profunda aparece cuando una sociedad comienza a perder el interés por diferenciar entre lo verdadero, lo probable y lo inventado. Porque una cosa es que alguien pueda fabricar una mentira y otra muy distinta es que millones de personas dejen de considerar importante que sea mentira.
Schaub analiza esta transformación en Le Passé ne s’invente pas, publicado en Francia por la editorial Albin Michel el 14 de enero de 2026. Su título, que podríamos traducir como El pasado no se inventa, funciona al mismo tiempo como una afirmación, una advertencia y casi una llamada de atención.
La edición oficial cuenta con 234 páginas y está disponible en francés tanto en papel como en formato digital. En la entrevista que sirve como punto de partida para este análisis se anuncia una futura edición española, aunque por el momento no hemos localizado una fecha oficial de publicación ni una ficha editorial en español. Dicho de una forma sencilla: a día de hoy, el libro se puede conseguir oficialmente en un solo idioma, el francés.
El autor sostiene que el pasado ya no es únicamente un territorio dedicado al conocimiento, la investigación y la comprensión de lo que ocurrió. También se ha convertido en una herramienta de comunicación política, movilización emocional y construcción de identidades colectivas.
Y ojo, porque utilizar el pasado para construir una memoria compartida no es necesariamente ilegítimo. Todos los países recuerdan acontecimientos históricos, celebran aniversarios, levantan monumentos, organizan ceremonias y ponen nombres de personajes relevantes a sus calles. Las democracias necesitan relatos comunes que ayuden a sus ciudadanos a reconocerse como miembros de una misma comunidad.
El problema empieza cuando esa memoria se presenta como conocimiento científico. Cuando la propaganda se disfraza de historia. Cuando una emoción personal adquiere más autoridad pública que un conjunto de hechos comprobados. O cuando alguien utiliza un vídeo generado artificialmente para demostrar algo que jamás sucedió.
Un historiador especializado en identidades, memoria y poder
Nacido en París en 1963, Jean-Frédéric Schaub es director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, conocida por sus siglas EHESS. Se trata de uno de los historiadores europeos más destacados en el estudio de las identidades, la raza, los imperios y la memoria política.
Buena parte de su trayectoria académica se ha centrado en una pregunta que ahora resulta más actual que nunca: ¿cómo construyen las sociedades los relatos que utilizan para explicarse a sí mismas?
Esta cuestión puede parecer muy teórica, pero tiene consecuencias tremendamente concretas. Porque los relatos sobre el pasado no se quedan encerrados en los libros. Influyen en la educación, en las leyes, en las fronteras, en las identidades nacionales, en la forma de interpretar los conflictos y, por supuesto, en las decisiones políticas.
Schaub ha estudiado también los imperios ibéricos, la formación del racismo en las sociedades occidentales y la relación entre memoria, nación y autoridad. Entre sus obras se encuentran L’Europe a-t-elle une histoire? y Race et histoire dans les sociétés occidentales, escrita junto con la historiadora Silvia Sebastiani.
En su último libro dirige la mirada hacia una preocupación muy contemporánea: la crisis de la verdad histórica dentro de un ecosistema dominado por internet, la polarización política, las redes sociales y la producción automatizada de contenidos.
Su defensa de la historia no parte de una nostalgia por el mundo académico. Tampoco propone que los historiadores se conviertan en una especie de policía de la memoria encargada de decidir qué puede recordarse y qué debe olvidarse.
Lo que plantea es bastante más razonable. Para que una democracia pueda mantener una conversación racional consigo misma, necesita conservar espacios donde los hechos sean investigados mediante procedimientos rigurosos, contrastables y transparentes.
Podemos discutir sobre el significado de un acontecimiento. Podemos debatir sobre sus causas, sus consecuencias o la manera en la que debería recordarse. Lo que no podemos hacer es inventar el acontecimiento y colocarlo al mismo nivel que aquello que sí está documentado.
La inteligencia artificial facilita la falsificación del pasado
Los riesgos de la inteligencia artificial cuando una imagen inventada se presenta como una prueba real
Durante siglos, falsificar un documento histórico exigía conocimientos especializados. Crear una moneda falsa, imitar un manuscrito antiguo, reproducir el estilo de un pintor o alterar una fotografía requería tiempo, experiencia, materiales y una habilidad considerable.
La inteligencia artificial ha reducido radicalmente esas barreras. Ahora cualquier usuario puede generar imágenes, textos, voces o vídeos aparentemente históricos sin tener formación técnica, conocimientos artísticos ni información precisa sobre la época representada.
Imagínate tú que alguien quiere fabricar una fotografía falsa de un dirigente político participando en un acontecimiento comprometedor. Hace unos años habría necesitado dominar programas profesionales de edición. Hoy puede describir la escena, generar varias versiones, elegir la más convincente y publicarla en internet en muy poco tiempo.
Esto no significa que toda creación realizada con inteligencia artificial sea fraudulenta. Ni mucho menos. Estas herramientas pueden utilizarse para enseñar, divulgar, restaurar materiales dañados, recrear escenarios históricos o acercar el patrimonio cultural a millones de personas.
Una reconstrucción virtual de una ciudad romana puede ayudarnos a entender cómo se organizaba la vida cotidiana. Una recreación de un edificio desaparecido puede ser una herramienta educativa espectacular. Una voz sintética puede facilitar el acceso a un contenido a personas con determinadas discapacidades.
El problema aparece cuando ese contenido sintético se presenta como una evidencia real. Cuando no se advierte de que ha sido generado artificialmente. O cuando se utiliza para reforzar una narración política previamente diseñada.
¿Por qué? Porque una imagen falsa no necesita superar un examen científico. Le basta con confirmar los prejuicios, miedos o deseos de una parte del público.
Una persona ve la imagen, siente indignación y la comparte. Otra la recibe de alguien en quien confía y la reenvía. Después aparece en un vídeo, en una cuenta con miles de seguidores o en un grupo de mensajería. Cuando los verificadores consiguen demostrar que es falsa, la mentira ya ha recorrido medio mundo.
Y aquí aparece una diferencia brutal entre la falsificación y su corrección. La mentira suele ser sencilla, llamativa y emocional. La rectificación necesita contexto, explicaciones y tiempo. Una grita. La otra razona. En el entorno digital, normalmente corre más quien grita.
La tecnología amplía así un comportamiento que ya existía antes de la inteligencia artificial: tendemos a aceptar con mayor facilidad aquello que coincide con nuestras ideas, temores e identidades.
Frente a la velocidad del entorno digital, Schaub recupera una advertencia asociada al pensamiento de Friedrich Nietzsche: pensar exige lentitud y exactitud. Precisamente las dos cualidades que muchas plataformas digitales parecen castigar.
La lentitud no genera tantas interacciones. La duda no se comparte con la misma rapidez. Una explicación llena de matices tiene menos posibilidades de hacerse viral que una frase diseñada para enfadar a millones de personas.
Algoritmos que premian la indignación, el miedo y el resentimiento
Inteligencia artificial y ética en unas plataformas que deciden qué información consigue nuestra atención
Las redes sociales no distribuyen la información de manera neutral. Sus algoritmos seleccionan, ordenan y amplifican los contenidos que consiguen captar nuestra atención durante más tiempo y provocar una mayor interacción.
Puede parecernos que somos nosotros quienes elegimos libremente todo lo que vemos, pero la realidad es bastante más compleja. Las plataformas deciden qué publicaciones aparecen primero, cuáles desaparecen de nuestra pantalla y qué contenidos se nos recomiendan después.
Las emociones negativas —el miedo, la rabia, la indignación o el resentimiento— suelen provocar reacciones más intensas que la duda razonada o el análisis matizado. Como consecuencia, los mensajes simplificados y polarizadores cuentan con una ventaja estructural frente a las explicaciones complejas.
Oye, esto no significa que cada algoritmo tenga una intención política concreta. El problema puede ser incluso más preocupante. Muchas veces el sistema no necesita comprender el contenido ni compartir su ideología. Solo necesita detectar que mantiene a las personas mirando la pantalla.
Si un mensaje falso genera más comentarios, más enfrentamientos y más tiempo de visualización, el sistema puede terminar premiándolo, aunque nadie haya programado explícitamente la orden de difundir mentiras.
Para Schaub, este fenómeno amenaza a la democracia liberal de una manera incluso más directa que a la propia ciencia histórica.
La democracia no consiste solamente en introducir una papeleta en una urna cada cierto número de años. Depende de ciudadanos capaces de interpretar información, contrastar argumentos, convivir con opiniones diferentes y reconocer una realidad compartida.
Podemos discrepar sobre los impuestos, la educación, la política migratoria o el modelo energético. Esa discrepancia forma parte de la democracia. Lo que resulta mucho más difícil es debatir cuando cada grupo vive dentro de una realidad completamente diferente y considera falsos todos los datos que contradicen su relato.
El sufragio universal y las libertades individuales son inseparables de la educación. Cuando el sistema educativo pierde capacidad para enseñar a pensar críticamente y queda desbordado por el poder emocional de las redes, no solo empeora la calidad del debate público. También se debilitan los fundamentos del sistema democrático.
Un ciudadano sometido constantemente a contenidos diseñados para indignarlo deja de relacionarse con los demás como interlocutores. Empieza a verlos como enemigos, amenazas o miembros de una identidad rival.
Entonces la política deja de ser un espacio para negociar intereses diferentes y se transforma en una batalla entre relatos incompatibles. Ya no importa comprender al otro. Importa derrotarlo. Ya no importa averiguar qué ocurrió. Importa imponer la versión que beneficia a nuestro grupo.
Y es que una democracia necesita desacuerdos, pero también necesita un terreno común. Si eliminamos ese terreno, cada conversación acaba convirtiéndose en un choque de emociones imposibles de contrastar.
Cuando sentir el pasado importa más que comprenderlo
La inteligencia artificial en la actualidad amplifica recuerdos, identidades y relatos que no siempre se apoyan en hechos
La memoria posee un valor humano indiscutible. Las víctimas de una injusticia, sus familias o las comunidades afectadas por una persecución tienen experiencias que no pueden reducirse a una simple colección de estadísticas.
Los testimonios personales permiten conocer el miedo, el dolor, la humillación y las consecuencias cotidianas de acontecimientos que, vistos desde lejos, podrían parecer únicamente fechas y cifras.
Sin embargo, la memoria y la historia no cumplen exactamente la misma función.
La memoria selecciona, interpreta y transmite experiencias desde una perspectiva personal o colectiva. La historia intenta comprender los acontecimientos mediante documentos, comparaciones, debates metodológicos y pruebas verificables.
Una persona puede recordar con absoluta sinceridad una situación y, aun así, equivocarse en algunos detalles. La memoria humana no funciona como una grabación perfecta. Reconstruye, selecciona y modifica los recuerdos con el paso del tiempo.
Eso no convierte el testimonio en algo inútil. Significa que debe ser analizado junto con otras fuentes, otros testimonios y otros documentos.
Schaub observa que, en nombre de las memorias particulares, el consenso científico se está fragmentando siguiendo líneas de identidad y sensibilidad. En algunos espacios se extiende incluso la idea de que solo quien pertenece a un grupo determinado puede comprender o estudiar su pasado.
Esta postura nace muchas veces de una preocupación legítima. Durante siglos, determinados colectivos fueron ignorados, silenciados o representados desde la mirada exclusiva de quienes tenían el poder.
El problema aparece cuando intentamos corregir esa injusticia sustituyendo el análisis por la pertenencia. Si la identidad de quien habla se convierte en el criterio principal de validez, la posibilidad de construir un conocimiento compartido se reduce de manera considerable.
Una experiencia personal aporta una perspectiva valiosa, pero no convierte automáticamente todas las interpretaciones de esa persona en verdaderas. Del mismo modo, no pertenecer a una comunidad no impide necesariamente estudiarla con rigor, respeto y conocimiento.
Para el historiador francés, las reivindicaciones particulares son legítimas, pero no deberían utilizarse para romper la ciudadanía en comunidades cerradas ni para situar los derechos colectivos por encima de los derechos individuales.
Una democracia necesita reconocer las diferencias sin renunciar a principios universales que se apliquen a todas las personas. Porque, cuando cada comunidad exige una verdad exclusiva, dejamos de construir memoria compartida y empezamos a levantar fronteras entre recuerdos incompatibles.
Historiadores, gobiernos y artistas no cumplen la misma función
La inteligencia artificial generativa vuelve más importante distinguir conocimiento, propaganda y creación artística
Schaub propone diferenciar tres formas legítimas de relacionarnos con el pasado.
La primera corresponde a los historiadores. Su responsabilidad consiste en producir conocimientos exactos mediante métodos rigurosos. Sus conclusiones pueden revisarse, discutirse e incluso refutarse, pero deben apoyarse en fuentes y procedimientos transparentes.
Un historiador no posee la verdad absoluta. Trabaja con documentos incompletos, interpreta procesos complejos y formula explicaciones que pueden cambiar cuando aparecen nuevas pruebas. Sin embargo, esa incertidumbre no significa que pueda afirmar cualquier cosa.
La segunda forma corresponde a los gobiernos democráticos, que utilizan la memoria para fomentar un sentimiento común de ciudadanía. La elección de una fecha conmemorativa, la construcción de un museo o el nombre de una calle son decisiones políticas, no conclusiones científicas.
Un gobierno decide qué acontecimientos desea recordar públicamente y de qué manera quiere hacerlo. Esa elección puede discutirse, porque expresa prioridades, valores y una determinada interpretación de la comunidad política.
La tercera forma pertenece a los artistas, que tienen libertad para imaginar, reinterpretar y transformar el pasado. Una novela, una película, una obra teatral o una imagen generada con inteligencia artificial no tienen la obligación de funcionar como una investigación académica.
Un creador puede inventar diálogos, mezclar personajes, modificar tiempos o construir situaciones que nunca ocurrieron. Esa libertad forma parte de la creación artística.
La convivencia entre estos tres ámbitos puede resultar enriquecedora. Una película puede despertar el interés por un periodo histórico. Un museo puede acercar una investigación académica al gran público. Una novela puede ayudarnos a imaginar la experiencia humana que existe detrás de los documentos.
Los problemas aparecen cuando sus fronteras dejan de ser visibles.
Una película puede tomarse libertades creativas, pero el espectador debería entender que está contemplando una obra artística. Un gobierno puede organizar una ceremonia conmemorativa, pero no debería presentarla como la única interpretación posible de la historia. Un historiador puede escribir de forma atractiva, pero no debería sacrificar la precisión para conseguir notoriedad.
Con la inteligencia artificial generativa, esta separación se vuelve todavía más importante. Una recreación histórica puede parecer una grabación real. Un personaje fallecido puede aparecer pronunciando palabras que jamás dijo. Una escena completamente inventada puede adoptar la estética de un documental.
Entonces, ¿qué hacemos? Prohibir toda recreación sería absurdo. Lo razonable es identificarla con claridad, explicar cómo se ha creado y evitar que se presente como una fuente auténtica.
La zona gris entre conocimiento, propaganda y entretenimiento beneficia a quienes desean manipular el pasado sin reconocer que lo están haciendo.
Europa y sus contradicciones históricas
Las discusiones sobre colonialismo, esclavitud, racismo o guerras de descolonización ocupan hoy una parte importante del debate público europeo.
Schaub considera equivocada la afirmación, repetida con frecuencia, de que Europa todavía no ha empezado a enfrentarse a esos episodios. Desde su experiencia en Francia, recuerda que estas cuestiones llevan años presentes en universidades, centros de investigación, programas educativos, periódicos, novelas, documentales y películas.
Esto no significa que todos los debates estén resueltos. Tampoco significa que las sociedades europeas hayan asumido plenamente sus responsabilidades o que no continúen existiendo silencios, resistencias y versiones interesadas.
Significa algo bastante más concreto: no podemos afirmar honestamente que estos asuntos estén completamente ausentes.
Europa vive una contradicción. Por una parte, revisa críticamente una historia en la que conviven avances, violencia, méritos y crímenes. Por otra, cuando se compara con buena parte del mundo en cuestiones como los derechos de las mujeres, la libertad religiosa, la protección social, los derechos de las minorías sexuales o la persecución racial, continúa ofreciendo niveles de protección difíciles de encontrar en otros lugares.
Podemos reconocer los crímenes del pasado sin presentar toda la historia europea como una sucesión ininterrumpida de atrocidades. Del mismo modo, podemos valorar sus aportaciones culturales, científicas o políticas sin ocultar sus episodios más oscuros.
Lo cómodo es elegir una sola versión. O todo fue admirable o todo fue monstruoso. Pero la historia rara vez funciona de una forma tan sencilla.
Comprenderla implica aceptar sus contradicciones sin convertirlas en una herramienta de autocelebración ni en un motivo de condena permanente.
Una sociedad madura debería ser capaz de decir: aquí hubo progreso y también violencia; aquí se defendieron derechos mientras se negaban otros; aquí surgieron ideas universales que no siempre se aplicaron de manera universal.
A eso nos referimos cuando hablamos de pensar históricamente. No a justificarlo todo, sino a comprender cómo pudieron convivir realidades aparentemente incompatibles.
La nostalgia puede convertirse en un refugio político
Muchos movimientos políticos prometen recuperar una época de orden, estabilidad y pertenencia que supuestamente existió antes de las crisis actuales.
El mensaje suele ser tremendamente seductor. Antes había seguridad. Antes las personas compartían valores. Antes las familias eran más fuertes. Antes el país sabía quién era. El problema es que ese “antes” acostumbra a ser una selección cuidadosamente empaquetada.
Se recuerdan determinadas certezas, pero se olvidan las desigualdades. Se recuperan algunos símbolos, pero se silencian los conflictos. Se idealizan las costumbres y se borran las personas que quedaron excluidas de aquella supuesta edad de oro.
La nostalgia forma parte de la experiencia humana. Nos permite comparar el presente con lo que recordamos y encontrar continuidad en medio de los cambios. No hay nada extraño en mirar hacia atrás con afecto.
Sin embargo, cuando la nostalgia se transforma en un programa político, puede producir una versión idealizada de un pasado que nunca existió como se cuenta.
Sobrevalorar una supuesta edad de oro puede convertirse en un lastre para afrontar los desafíos actuales. Las sociedades terminan invirtiendo más energía en recuperar símbolos perdidos que en desarrollar las capacidades necesarias para el futuro.
Schaub utiliza un ejemplo especialmente significativo de su propio país. Francia consiguió movilizar cientos de millones de euros para reconstruir la cubierta de la catedral de Notre Dame de París después del incendio de 2019. Sin embargo, encuentra muchas más dificultades para financiar servicios digitales capaces de competir con las grandes compañías tecnológicas estadounidenses.
El historiador no cuestiona la decisión de salvar uno de los monumentos más importantes del patrimonio europeo. Sería absurdo plantearlo de esa manera. Lo que lamenta es que la preparación del futuro no despierte la misma urgencia colectiva.
Y aquí aparece una pregunta incómoda. ¿Por qué nos resulta más sencillo movilizarnos para reconstruir un símbolo del pasado que para construir una infraestructura decisiva para el futuro?
Quizá porque el monumento puede verse y emocionarnos de inmediato. La infraestructura tecnológica, en cambio, parece abstracta, compleja y difícil de explicar. Pero sus consecuencias pueden ser mucho más profundas para la soberanía, la economía, la educación y la democracia.
Conservar el pasado es necesario. Convertirlo en el centro absoluto de una sociedad puede impedirle imaginar lo que vendrá después.
Defender la verdad histórica también es proteger la libertad
El futuro de la inteligencia artificial dependerá de que aprendamos a diferenciar una creación convincente de una evidencia auténtica
Le Passé ne s’invente pas no propone entregar a los historiadores el control de la memoria colectiva. Tampoco pretende expulsar la emoción de la política ni limitar la libertad artística.
Su advertencia apunta hacia algo mucho más elemental: cuando una sociedad deja de considerar importante la diferencia entre verdad e invención, concede una ventaja enorme a quienes controlan los canales de comunicación y poseen una mayor capacidad para fabricar relatos.
La historia no ofrece una versión definitiva e inmutable del pasado. Sus interpretaciones cambian cuando aparecen nuevas fuentes, nuevos métodos o preguntas diferentes.
Pero que el conocimiento histórico pueda revisarse no significa que todas las narraciones tengan el mismo valor.
Un documento auténtico no equivale a una imagen generada por inteligencia artificial. Una investigación sustentada en pruebas no puede situarse al mismo nivel que una afirmación viral. Una experiencia personal merece ser escuchada, pero no sustituye por sí sola el trabajo de reconstruir un proceso histórico completo.
Esta diferencia resulta fundamental. Revisar una explicación cuando aparecen nuevas pruebas es una fortaleza del conocimiento. Inventar pruebas para proteger una explicación es exactamente lo contrario.
La democracia necesita emociones, símbolos y memorias compartidas. También necesita ciudadanos capaces de detenerse, examinar las pruebas y aceptar que la realidad puede ser más compleja de lo que desean.
No podemos pedirle a una persona que investigue durante horas cada contenido que aparece en su teléfono. Eso sería poco realista. Pero sí podemos desarrollar algunos hábitos básicos: comprobar quién publica, buscar la fuente original, desconfiar de aquello que provoca una reacción demasiado inmediata y preguntarnos si estamos compartiendo algo porque es cierto o porque confirma nuestras ideas.
Parece poca cosa, pero no lo es. En un mundo donde los algoritmos premian la reacción inmediata, recuperar la lentitud del pensamiento puede convertirse en una forma de resistencia democrática.
Cómo lo vemos nosotros
Nosotros creemos que la gran advertencia de Schaub no se limita a la historia. Nos obliga a pensar en la relación que mantendremos con cualquier forma de conocimiento dentro de una sociedad capaz de generar contenidos sintéticos prácticamente indistinguibles de los reales.
Hasta ahora, ver una fotografía o escuchar una grabación podía ofrecernos una cierta sensación de prueba. Sabíamos que esos materiales podían manipularse, claro, pero la falsificación exigía recursos y conocimientos.
Esa situación ha cambiado. A partir de ahora tendremos que aprender a convivir con imágenes que parecen fotografías, voces que parecen humanas y vídeos que muestran acontecimientos que nunca sucedieron.
Esto no significa que debamos desconfiar de todo. Una sociedad incapaz de confiar en ninguna prueba sería tan vulnerable como una sociedad que cree cualquier cosa.
El reto consiste en construir mecanismos de verificación, educación y responsabilidad que nos permitan aprovechar la tecnología sin renunciar a la verdad.
Las empresas tecnológicas tendrán que identificar mejor los contenidos sintéticos. Los medios deberán reforzar sus procesos de comprobación. Los centros educativos tendrán que enseñar alfabetización mediática y pensamiento crítico. Las instituciones públicas deberán evitar utilizar la confusión informativa como una herramienta de propaganda.
Pero nosotros, como ciudadanos, también tenemos una responsabilidad. Cada vez que compartimos una falsificación sin comprobarla contribuimos a ampliar su alcance. Cada vez que aceptamos una afirmación únicamente porque coincide con nuestra ideología ayudamos a debilitar ese espacio común que necesita cualquier democracia.
El pasado no debe convertirse en una prisión ni en una edad de oro imaginaria. Tiene que ayudarnos a comprender cómo hemos llegado hasta aquí y a tomar mejores decisiones sobre lo que vendrá después.
Una sociedad que inventa constantemente su historia corre el riesgo de perder no solo la verdad sobre lo que fue, sino también la libertad para decidir lo que quiere llegar a ser.
Ahora piensa en la última imagen histórica, noticia impactante o vídeo político que compartiste sin comprobar su origen. ¿Lo difundiste porque sabías que era verdadero o porque, sencillamente, te gustaba demasiado lo que parecía demostrar?


