Entender si la Inteligencia Artificial puede sentir emociones

¿Podrían las máquinas realmente sentir emociones? La idea de una inteligencia artificial capaz de experimentar emociones abre debates apasionantes. Aunque actualmente imitan emociones humanas, un futuro con IA empática transformaría sectores como la medicina, la educación y la atención al cliente. Sin embargo, también plantea retos éticos y riesgos de manipulación emocional. ¿Estamos listos para convivir con máquinas que compartan nuestros sentimientos?

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Si la Inteligencia Artificial pudiera sentir emociones, la trataríamos como a un colega y no como a una herramienta, y eso cambiaría por completo cómo trabajamos con ella. Hoy no es el caso: los modelos como Claude, ChatGPT o Gemini reconocen y reproducen el lenguaje de las emociones con mucha precisión, pero no hay ninguna prueba de que sientan nada. Entender esa diferencia es lo que permite sacarle partido sin pedirle lo que no puede dar y sin desperdiciar lo que sí da.

¿Puede la Inteligencia Artificial sentir emociones hoy?

No, según todo lo que se ha publicado con rigor hasta octubre de 2026. Un modelo de lenguaje predice qué palabra encaja después de la anterior, a partir de miles de millones de textos escritos por personas. Como esas personas escriben con alegría, con enfado o con ternura, el modelo aprende a sonar así.

Sonar triste y estar triste son cosas distintas. Cuando Claude te contesta «entiendo lo frustrante que es», está escogiendo la frase que mejor encaja con tu mensaje, no describiendo algo que le pasa por dentro.

Lo que sí hace muy bien es leer emociones en lo que tú escribes. Detecta prisa, cansancio, duda o entusiasmo en un correo y ajusta el tono de la respuesta. Para quien trabaja con sus propios clientes, eso tiene un valor práctico enorme.

Lo que dicen los estudios sobre memoria, razonamiento y «mente»

La pregunta de si estas máquinas piensan como nosotros lleva años encima de la mesa, y hay tres trabajos que ayudan a ponerla en su sitio.

En septiembre de 2024, investigadores de la Universidad Politécnica de Hong Kong publicaron un estudio que llamaron «la memoria de Schrödinger». Entrenaron modelos con miles de poemas y vieron que podían recitarlos casi enteros a partir del título o del autor. Su conclusión fue prudente: la «memoria» del modelo solo aparece cuando se le hace la pregunta, se reconstruye en ese momento y no se guarda como un recuerdo. Se parece a la nuestra en el mecanismo de evocar, no en la experiencia de recordar.

En diciembre de 2024, la revista médica The BMJ publicó un trabajo de neurólogos del Centro Médico Hadassah y la Universidad de Tel Aviv que aplicó a varios modelos el test MoCA, el mismo que se usa para detectar deterioro cognitivo en personas. ChatGPT-4o sacó 26 sobre 30, GPT-4 y Claude 3.5 Sonnet 25, y la primera versión de Gemini 16. El estudio se publicó en el número navideño de la revista, con un punto de ironía, y su valor está en otra parte: muestra que estos sistemas fallan en orientación espacial y en tareas visuales que cualquier persona resuelve sin pensar.

Y en octubre de 2025, Anthropic, la empresa que desarrolla Claude, publicó una investigación sobre lo que llamó «conciencia introspectiva». Introdujeron conceptos de forma artificial dentro del modelo y le preguntaron si notaba algo raro. Los modelos más avanzados lo detectaron en torno a una de cada cinco veces. Los propios autores insistieron en que eso no demuestra conciencia ni emociones: indica una capacidad limitada y poco fiable de observar su propio funcionamiento.

Ninguno de los tres trabajos dice que la máquina sienta. Los tres dicen que imita muy bien ciertas funciones humanas y que falla de maneras que una persona no fallaría.

Por qué parece que te entiende cuando no siente nada

Porque está hecha de nosotros. Todo lo que sabe lo aprendió de textos humanos: cartas, artículos, foros, libros, conversaciones. Cuando le cuentas que llevas una semana agotadora, ha leído miles de respuestas amables a frases parecidas y te devuelve la mejor combinación de todas ellas.

El efecto es convincente. Tanto que muchas personas le dan las gracias, se disculpan con ella o se sienten escuchadas. No hay nada de malo en ser educado con una herramienta. El problema aparece cuando se le atribuye criterio propio, intención o lealtad, y se le deja decidir cosas que solo puede decidir quien tiene la responsabilidad.

Eso es lo que separa a quien la usa bien de quien se lleva sorpresas.

Lo que ganas cuando la tratas como lo que es

Cuando aceptas que no siente, dejas de esperar que adivine. Le das contexto, le explicas para quién escribes, le cuentas qué tono quieres y qué no quieres decir. La calidad de lo que te devuelve sube de forma inmediata.

También dejas de tomarte sus respuestas como opiniones. Una propuesta de Claude es un borrador, no un consejo de alguien que te conoce. Tú decides qué se queda y qué se va. La persona sigue al mando.

Y aprovechas su punto fuerte, que es justamente el lenguaje de las emociones. Puede ayudarte a escribir un correo difícil con más tacto del que te sale a las once de la noche, a revisar si una propuesta suena fría o a encontrar las palabras para explicar algo complicado a alguien que no es del sector.

Un caso concreto: Inés y el correo que no sabía cómo escribir

Inés es psicóloga, lleva veintidós años con consulta propia y quiere empezar a escribir una carta mensual para las personas que han pasado por su despacho y siguen interesadas en lo que hace. No quiere hablar de casos, ni de nadie en concreto. Quiere compartir lo que ha aprendido sobre cómo afrontar los cambios de etapa.

Un martes por la tarde, entre dos sesiones, abre Claude y escribe: «Ayúdame con mi primera carta». La respuesta es correcta y genérica. Le suena a folleto.

Prueba otra vez, pero ahora le cuenta quién es, a quién escribe, qué le preocupa que se malinterprete y qué frase suya repiten siempre las personas que la conocen. Le pide que no use palabras de autoayuda. Le pega un párrafo que escribió hace años y que le gusta.

La segunda versión ya suena a ella. No porque la máquina la haya entendido como la entendería una amiga, sino porque Inés le dio el material para imitarla bien. Ella corrige tres frases, quita un ejemplo que no le convence y la deja lista en veinte minutos.

Lo que cambia para Inés no es solo el tiempo. Es que la carta sale cada mes, sin que dependa de tener una tarde libre, y quienes la reciben recuerdan su nombre cuando alguien de su entorno pregunta por una psicóloga.

Cinco reglas para trabajar con una máquina que no siente

Las uso yo y son las que más diferencia marcan entre un resultado mediocre y uno que se puede firmar.

  1. Dale el contexto que daría un compañero nuevo. Quién eres, para quién es el texto, qué se espera de él. La máquina no lo sabe si no se lo dices.
  2. Pide el tono con ejemplos, no con adjetivos. «Cercano» significa cosas distintas para cada uno. Un párrafo tuyo vale más que diez adjetivos.
  3. Trata cada respuesta como borrador. La primera versión casi nunca es la buena. La tercera, a menudo, sí.
  4. No le delegues el juicio. Puede ordenar argumentos, pero la decisión sobre qué se dice y qué no es tuya.
  5. Revisa los datos siempre. Puede inventar con la misma seguridad con la que acierta. Si una cifra importa, compruébala en la fuente.

Lo que he visto en el aula y con profesionales

Llevo veintisiete años enseñando a profesionales a comunicar lo que saben, y lo que más me ha llamado la atención en los últimos tiempos es lo deprisa que la gente pasa de la desconfianza total a la confianza ciega. Primero piensan que la Inteligencia Artificial no sirve para nada serio. A las dos semanas le preguntan cómo deben cobrar.

Ninguno de los dos extremos funciona. Quien mejor la aprovecha es quien la trata como a un asistente muy rápido y muy leído, al que hay que explicarle bien las cosas y al que nunca se le deja firmar.

Mi opinión es clara: el debate sobre si siente o no siente es interesante para filósofos e ingenieros, pero para quien vive de su trabajo la pregunta útil es otra. ¿Qué puede hacer hoy por mí, y qué tengo que seguir haciendo yo?

Dónde está el límite y quién no debería esperar más de ella

Hay cosas que esta tecnología no hace bien y conviene decirlo. No sustituye la presencia de una persona que escucha. No tiene memoria de ti entre conversaciones salvo que la herramienta la active y tú lo permitas. No sabe cuándo se equivoca. Y no comparte tus valores: los imita si se los explicas.

Si esperas de ella compañía, criterio moral o lealtad, te va a decepcionar. Si esperas un borrador rápido, una segunda mirada sobre un texto o una forma de ordenar ideas, va a superar lo que imaginas.

Esto no le sirve a todo el mundo igual. A quien no tiene claro qué quiere decir, la máquina le devolverá textos correctos y vacíos. Le sirve, sobre todo, a quien ya tiene experiencia y necesita que se note.

Aprender a usarla bien empieza por Claude

De todas las herramientas que he probado con profesionales que trabajan por su cuenta, Claude es la que mejor entiende instrucciones largas, la que mejor respeta un tono y la que menos se va por las ramas cuando le das contexto. Aprender a hablarle bien es lo que separa un texto que se borra de uno que se envía. Por eso preparé un curso práctico para profesionales que quieren usarla en su día a día, atender mejor a sus clientes y ganar tiempo sin alargar la jornada. Saber más.

Si te interesa el lado más humano del debate, hay dos lecturas en este periódico que lo completan: si una máquina puede entender tus emociones mejor que tú y por qué la Inteligencia Artificial nunca sabrá lo que es estar vivo. Y para lo práctico, cuatro frases para pedirle cosas a Claude.


Sobre el autor

Javier G. Amblar es consultor estratégico con 27 años de experiencia y exprofesor asociado del IE Business School, donde recibió el Premio a la Excelencia Docente. Ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países y ha colaborado con RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h. Es autor de Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube supera los 368.000 suscriptores y su comunidad en línea reúne a más de 500.000 personas. Hoy enseña a profesionales con trayectoria a usar Claude en su trabajo diario. Más información.

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Nota de elaboración y validación

Este artículo se ha elaborado con asistencia de inteligencia artificial para la búsqueda, organización y síntesis de información. El texto final, sus fuentes y sus conclusiones han sido revisados y validados por Anabel Blanco, Editora de IA Actual y Javier G. Amblar, Editor de IA Actual.

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- Editores: Anabel Blanco y Javier Amblar

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