Para usar la Inteligencia Artificial sin dejar de pensar, el orden importa más que la herramienta: primero piensas tú el problema, aunque sea en cinco líneas, y después le pides a la máquina que te ayude a desarrollarlo, revisarlo o pulirlo. Un estudio del MIT Media Lab publicado en junio de 2025 midió la actividad cerebral de personas que escribían con y sin ChatGPT, y lo más útil que encontró no fue la diferencia entre usarlo o no, sino la diferencia entre usarlo al principio o al final.
Es una buena noticia para quien vive de su criterio. Se puede ir más rápido sin ceder lo que te hace valioso.
Qué midió exactamente el estudio del MIT
La investigación se titula «Your Brain on ChatGPT» y se publicó como preprint en arXiv el 10 de junio de 2025, con una segunda versión el 31 de diciembre de ese año. Participaron 54 personas en las tres primeras sesiones, repartidas en tres grupos: uno escribía ensayos con ChatGPT, otro con un buscador y otro sin ninguna herramienta.
Los investigadores registraron la actividad cerebral con electroencefalograma mientras escribían. El grupo que usó ChatGPT de principio a fin mostró menor conectividad cerebral, una sensación más débil de que el texto era suyo y más dificultad para recordar lo que había escrito.
Hasta aquí, lo que circuló por todas partes con titulares exagerados. Lo interesante viene en la cuarta sesión.
La cuarta sesión, la parte que casi nadie contó
En la cuarta sesión, 18 de los participantes cambiaron de grupo. Quienes habían usado ChatGPT pasaron a escribir sin nada. Y quienes habían escrito sin nada pasaron a usar ChatGPT.
Los segundos, los que primero habían pensado por su cuenta y después incorporaron la máquina, mostraron mejor recuerdo de lo escrito y una activación cerebral amplia, parecida a la de quienes usaban un buscador. Habían construido la idea antes y la herramienta les sirvió para ir más allá.
Es lo que se ha resumido como «cerebro primero, Inteligencia Artificial después». Y es una guía práctica muy clara para el trabajo diario.
Lo que el estudio no dice
Conviene leerlo con calma. Era un preprint, sin revisión por pares en el momento de su publicación. La muestra era pequeña, sobre todo en la cuarta sesión. Los participantes eran estudiantes universitarios escribiendo ensayos, no profesionales con veinte años de experiencia resolviendo casos reales.
No demuestra que usar ChatGPT dañe nada de forma permanente. Demuestra algo más modesto y más útil: que cuando delegas la tarea entera desde el primer minuto, te implicas menos y recuerdas menos. Cualquiera que haya firmado un informe que no escribió del todo lo sabe sin necesidad de un electroencefalograma.
¿Nos vuelve más cómodos? Sí, y no siempre es malo
Hay tareas en las que la comodidad es exactamente lo que quieres. Redactar un recordatorio de cita, pasar unas notas a limpio, resumir un documento largo para saber si merece la pena leerlo entero. Delegarlas no te quita nada.
El problema aparece cuando la comodidad llega a la parte del trabajo por la que te pagan. Si eres consultor, abogado, terapeuta o arquitecto, tu cliente no te contrata por un texto bien redactado. Te contrata por un juicio formado con años de experiencia. Esa parte no se delega.
La pregunta útil no es si usar la Inteligencia Artificial o no. Es qué parte de cada tarea es tuya y cuál es mecánica.
El caso de Pilar: cinco líneas antes de abrir nada
Pilar es abogada de familia. Tiene despacho propio desde hace diecinueve años y empezó a usar Claude para redactar escritos y correos a clientes.
Al principio le pedía el escrito entero a partir de los datos del caso. Le ahorraba tiempo, pero notó algo incómodo: cuando el cliente le preguntaba por qué se había planteado así, tenía que releerlo para contestar. El razonamiento estaba en el papel, no en su cabeza.
Ahora lo hace de otra manera. Antes de abrir nada escribe a mano, en cinco líneas, qué quiere conseguir, cuál es el argumento principal y qué riesgo ve. Luego le pasa esas líneas a Claude con los datos del caso y le pide que desarrolle el escrito siguiendo ese esquema, y que le señale qué argumento contrario podría plantear la otra parte.
Tarda unos minutos más al principio. A cambio, el escrito es suyo, lo defiende sin releer y la máquina le encuentra huecos que ella sola habría tardado más en ver. Atiende al mismo número de clientes con menos horas de redacción, y con más seguridad delante de cada uno.
Los tres momentos de cualquier tarea con Inteligencia Artificial
Este es el marco que propongo, sacado del propio estudio y de lo que funciona en la práctica:
- Antes: piensas tú. Cinco líneas, un esquema, una postura. Lo que quieres conseguir y por qué. No tiene que estar bonito.
- Durante: la máquina acelera. Le das tu esquema y le pides que lo desarrolle, que busque fallos, que proponga alternativas o que lo ordene. Le das trabajo, no la decisión.
- Después: decides y firmas. Lees, corriges, quitas lo que no dirías y añades lo que solo sabes tú. Si no podrías defender una frase delante de tu cliente, sobra.
Funciona con un informe, con un correo difícil, con la preparación de una reunión o con una propuesta de precio. Y se nota enseguida en la confianza con la que hablas de lo que has escrito.
Un truco que ayuda mucho en el segundo momento: en lugar de pedir «escríbeme esto», pide «esto es lo que pienso, dime qué le falta y dónde puede fallar». La máquina pasa de sustituirte a discutir contigo. Y discutir con alguien que ha leído muchísimo, aunque no tenga tu experiencia, es una forma estupenda de pensar mejor.
Otra costumbre útil es guardar tus cinco líneas iniciales junto al documento final. Al cabo de unos meses tendrás un archivo de cómo razonas tú, que vale más que cualquier plantilla.
Las capacidades que conviene seguir ejercitando
Si el orden es lo que importa, la siguiente pregunta es qué partes del trabajo merece la pena hacer siempre a mano, aunque la máquina pudiera hacerlas. Para un profesional que vive de su experiencia, veo cuatro.
Formular el problema. Decir con tus palabras qué está pasando y qué se quiere conseguir. Es lo primero que se pierde cuando se le pasa todo a la herramienta, y lo que más valora el cliente.
Tomar postura. La máquina tiende a equilibrar cada idea con su contraria. Tu cliente no necesita un abanico de opciones, necesita que alguien con experiencia le diga qué haría.
Explicar en voz alta. Si puedes contar tu propuesta en dos minutos sin mirar el papel, es tuya. Si no puedes, todavía no lo es.
Recordar los casos. Tu memoria de situaciones parecidas es lo que te permite ver venir un problema antes que nadie. Ningún asistente tiene esa memoria de tu práctica a menos que se la des tú.
Lo demás, la redacción, el formato, la búsqueda de un dato, el resumen de un documento largo, se puede delegar sin remordimiento.
Lo que de verdad merece la pena cuidar
Llevo muchos años en el aula y en consultoría, y hay una cosa que he visto siempre, con o sin Inteligencia Artificial: lo que una persona no ha formulado con sus propias palabras, no lo sabe defender cuando le aprietan. La herramienta no cambia eso. Lo hace más visible.
Por eso mi opinión es clara, aunque no sea la más cómoda: no hace falta usar menos la Inteligencia Artificial. Hace falta usarla en el sitio correcto del proceso. Quien la pone después de pensar trabaja más rápido y mejor. Quien la pone antes, termina firmando ideas que no son del todo suyas.
Esto no le sirve igual a todo el mundo. Para tareas puramente mecánicas, el orden da igual. Para todo lo que lleva tu nombre, no.
Claude es la herramienta que más está ayudando a profesionales por cuenta propia a trabajar así: tú pones el criterio y él te ayuda a llegar antes, para que puedas atender mejor y a más clientes sin alargar el día. Si quieres aprender a usarlo con este método, desde el principio y con casos reales de tu actividad, lo enseño en mi curso. Más información.
Si quieres escribir más rápido sin perder calidad, tienes cómo escribir más rápido y con criterio. Sobre repartir tareas entre herramientas distintas, lee usar Claude y ChatGPT juntos. Y para saber cuánto tiempo te ahorra de verdad todo esto, prueba una semana con un cronómetro.
Sobre el autor
Javier G. Amblar es consultor estratégico desde hace 27 años y ha formado a más de 33.000 profesionales y dueños de negocio en 55 países. Exprofesor asociado del IE Business School, donde obtuvo el Premio a la Excelencia Docente, ha colaborado con RTVE, Telemadrid, Onda Cero, EsRadio y Canal 24h, y firmó el libro Liderazgo (Editatum, 2018). Su canal de YouTube tiene más de 368.000 suscriptores y su comunidad en línea supera las 500.000 personas. Enseña a usar la Inteligencia Artificial sin renunciar al criterio propio. Entra aquí.