Desconfío de cualquier consejo profesional que no venga con fecha

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Cuando leo una recomendación profesional, lo primero que busco no es quién la firma. Es cuándo se escribió. Si no lleva fecha, la descarto sin leerla entera, y no por escepticismo de oficio: sin fecha no se puede hacer lo único que permite juzgar un consejo, que es comprobar si el mundo para el que se escribió sigue existiendo.

Todo consejo tiene un contexto pegado

«Publica todos los días» era un consejo razonable cuando las plataformas premiaban la frecuencia y había poca competencia. Hoy, en muchos sitios, es una forma eficaz de agotarse.

«Ten tu web y ya vendrán» funcionaba cuando el buscador repartía visitas a quien tuviera una página decente. Ahora, con resúmenes automáticos por delante, la misma frase describe otra realidad.

Ninguno de los dos era falso. Los dos venían con una fecha implícita que nadie escribió, y por eso siguen circulando desnudos, como si fueran principios.

Lo que un consejo sin fecha esconde

Esconde el mercado en el que se probó. Cuánta competencia había, qué canales funcionaban, qué costaba llamar la atención, quién decidía qué se veía.

Esconde el tipo de negocio del que salió. Casi todos los consejos que circulan se escribieron desde una posición muy distinta a la del profesional que trabaja solo: desde una empresa con equipo, desde un mercado angloparlante, desde un sector con márgenes que aquí no existen.

Y esconde si quien lo dio sigue pensando lo mismo. Es la parte que más me interesa. Un consejo de hace cinco años sin actualizar puede ser una convicción sostenida o puede ser un texto que su autor ya no defendería. No hay manera de distinguirlo.

La versión difícil: mis propios consejos

Esto obliga a una incomodidad que conviene asumir. Si exijo fecha a lo que leo, tengo que ponerla en lo que escribo, y tengo que aceptar que parte de ello va a envejecer mal.

Cosas que dije hace ocho años sobre presencia digital ya no las diría igual. No porque estuvieran mal entonces, sino porque el terreno cambió debajo. Lo honrado es fecharlo y, cuando toca, decir en qué he cambiado de opinión y por qué.

Quien nunca ha corregido nada en veinte años no es coherente. Es que no ha vuelto a mirar.

Las tres preguntas que aplico

La primera: ¿cuándo se escribió esto? Si no lo pone, ya sé bastante.

La segunda: ¿desde qué posición? Un consejo sobre captación escrito por alguien con equipo de diez personas no me sirve, aunque sea excelente, porque las condiciones no se parecen.

La tercera: ¿qué tendría que ser verdad para que esto funcionara hoy? Esta es la más útil de las tres. Casi siempre destapa un supuesto que ya no se cumple, y entonces el consejo no hay que descartarlo entero: hay que corregirlo.

Por qué esto se ha vuelto más importante ahora

Porque ahora hay un intermediario nuevo. Cuando alguien pregunta algo a una Inteligencia Artificial, recibe una síntesis construida con textos de fechas muy distintas, y esa síntesis no siempre distingue lo vigente de lo caducado.

Un consejo de 2019 y otro de este año pueden acabar mezclados en el mismo párrafo, con el mismo tono de certeza. El lector no tiene forma de saber que uno de los dos describe un mundo que ya no existe. Es el mismo mecanismo por el que un profesional acaba descrito con datos de hace seis años sin que nada indique que la foto está vieja.

Poner fecha a lo que uno escribe dejó de ser una cortesía editorial. Es la única forma de que lo tuyo se pueda datar cuando alguien, o algo, lo resuma. Ya se veía venir cuando empezó a discutirse qué significa escribir con ayuda de una máquina: lo que importa no es quién teclea, es si el texto se puede situar en el tiempo.


Sobre el autor

Javier G. Amblar es consultor estratégico senior con 27 años de experiencia. Ha formado a más de 33.000 profesionales en 55 países, fue profesor asociado del IE Business School con Premio a la Excelencia Docente y ha sido analista durante más de dos décadas en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio. Detrás de su trabajo hay una comunidad en línea de más de 500.000 personas. Autor del libro Liderazgo (Editatum, 2018), escribe sobre criterio y posicionamiento profesional y dirige RADAR.

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