Le has contado a una Inteligencia Artificial lo que tu paciente solo te contó a ti

Nadie graba la sesión. El problema llega el domingo por la noche, cuando toca redactar el informe y la herramienta lo resuelve en dos minutos.

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La confidencialidad de los pacientes con inteligencia artificial no está protegida por ninguna ley. Cuando un psicólogo pega el resumen de una sesión en ChatGPT para ordenar un informe, ese material sale del terreno del secreto profesional y entra en un sistema comercial que puede conservarlo, cruzarlo con conversaciones anteriores y, llegado el caso, entregarlo dentro de un procedimiento judicial. No es una hipótesis de futuro. Lo dijo en público el máximo responsable de la empresa que fabrica la herramienta.

Por qué lo que le cuentas a una inteligencia artificial no tiene secreto profesional

Porque el privilegio de confidencialidad es una figura legal que protege relaciones concretas, la del psicólogo con su paciente, la del abogado con su cliente, la del médico con el enfermo, y ninguna norma lo ha extendido todavía a una conversación con una máquina. Lo que se escribe ahí es, jurídicamente, un dato entregado a una empresa privada.

El 23 de julio de 2025, Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, lo dijo con todas las letras en el pódcast This Past Weekend: las conversaciones mantenidas con ChatGPT «no cuentan en la actualidad con ningún privilegio de secreto profesional», y si se presenta una demanda judicial la compañía podría verse obligada a entregar esa información. Lo recogió Infobae el 28 de julio de 2025. No lo denunció un colegio profesional ni una asociación de consumidores. Lo advirtió quien vende el producto.

Conviene leer bien la frase. No dice que la herramienta sea insegura. Dice que el paraguas legal bajo el que tú trabajas todos los días no cubre lo que escribes ahí dentro.

El riesgo no está en la sesión, está en todo lo que escribes después

Ningún psicólogo enchufa un micrófono a la consulta. El problema aparece una hora más tarde, cuando ya nadie está mirando y hay trabajo acumulado.

El informe para el juzgado que hay que redactar el domingo. El correo delicado a la madre de un menor. La derivación al psiquiatra. Las notas de la supervisión, con el caso descrito con detalle porque si no, no se entiende. El resumen de doce sesiones para preparar el alta. Ahí es donde entra el material clínico real, y entra porque en ese momento la herramienta resuelve un problema urgente y la confidencialidad parece un asunto abstracto.

Un nombre de pila, la edad, la profesión, el barrio y el motivo de consulta bastan para identificar a una persona. En una ciudad pequeña sobra con la mitad. La cuestión que ya trató este periódico al hablar de los problemas que la inteligencia artificial puede causar en psicología clínica se ha vuelto mucho más concreta desde entonces.

Estas herramientas recuerdan entre conversaciones, y esa es la parte que casi nadie mira

Los sistemas actuales ya no tratan cada chat como un compartimento estanco. Guardan memoria, relacionan lo que les contaste hace tres meses con lo que les cuentas hoy y construyen un perfil que ni tú has pedido ni puedes consultar entero.

Eso, aplicado a una consulta, significa que un caso descrito en enero y otro descrito en junio pueden acabar conectados dentro del sistema por detalles que a ti te parecieron irrelevantes. Ya analizamos este mecanismo en un artículo sobre hasta dónde llega la memoria de estos chats, y en psicología clínica deja de ser una curiosidad técnica para convertirse en una cuestión deontológica.

Súmale un detalle incómodo: en las versiones de consumo, lo que escribes puede usarse para entrenar el modelo salvo que lo desactives tú a mano. La opción existe. Casi nadie la ha tocado.

Qué puede cambiar un psicólogo con consulta propia esta misma semana

Lo primero, separar dos usos que hoy están mezclados. Pedirle a la herramienta que te ayude a estructurar un informe, a encontrar una palabra o a preparar una psicoeducación no toca datos de nadie. Pegarle el caso entero, sí. La misma herramienta, dos situaciones jurídicamente distintas.

Lo segundo, escribir sin identificar. Sustituye nombre, edad exacta, ciudad, profesión y cualquier detalle biográfico único por descripciones genéricas. Un caso bien seudonimizado da exactamente el mismo resultado clínico y deja de ser un dato personal.

Lo tercero, revisar la configuración. Desactivar el uso de tus conversaciones para entrenamiento, revisar qué tiene guardado la memoria y borrar lo que sobre. Son diez minutos, una vez.

Y lo cuarto, dejarlo por escrito. Si en algún punto de tu proceso interviene una herramienta de inteligencia artificial, aunque sea para transcribir, tu consentimiento informado debería decirlo. No por burocracia, sino porque el día que alguien lo pregunte quieres tener la respuesta ya redactada y firmada.

El día que un paciente te pregunte si usas inteligencia artificial

Va a pasar, y probablemente antes de lo que crees, porque tus pacientes también la usan. La respuesta que funciona no es negarlo ni justificarse, es explicar exactamente dónde sí y dónde no.

«La uso para organizar mi trabajo administrativo. Nunca entra en ella tu nombre ni nada que permita identificarte, y lo que hablamos aquí no sale de aquí.» Quien tenga esa frase preparada y sea verdad sale reforzado de la conversación. Quien improvise, no.

Lo que de verdad separa a un profesional expuesto de uno tranquilo

No es el nivel técnico. Los psicólogos que están gestionando bien esto no saben más de tecnología que los demás. Tienen otra cosa: un criterio decidido de antemano sobre qué entra y qué no entra en su consulta, aplicado siempre igual, esté o no cansado un domingo por la noche.

Eso no se aprende viendo tutoriales de herramientas, porque el problema nunca fue la herramienta. El problema es trabajar sin una estructura propia y decidir cada caso sobre la marcha. Exactamente eso es lo que Javier G. Amblar trabaja con cada profesional en Evolution, su programa de mentoría personalizada: construir la estructura con la que tu consulta funciona, aplicando la inteligencia artificial donde suma y dejándola fuera donde te cuesta la confianza de un paciente. Con acompañamiento suyo, caso a caso, no con una lista de recomendaciones generales.

Tu consulta se sostiene sobre una promesa muy antigua: lo que se dice ahí dentro, se queda ahí dentro. Ninguna herramienta merece que esa promesa se rompa por ahorrar veinte minutos en un informe.

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Nota de elaboración y validación

Este artículo se ha elaborado con asistencia de inteligencia artificial para la búsqueda, organización y síntesis de información. El texto final, sus fuentes y sus conclusiones han sido revisados y validados por Anabel Blanco, Editora de IA Actual y Javier G. Amblar, Editor de IA Actual.

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