En diciembre de 2025, el director financiero de una empresa española de logística recibió una videollamada urgente que parecía venir de su director general: misma voz, mismo rostro, mismos gestos, pidiendo una transferencia inmediata de 580.000 euros. La ejecutó sin dudar. Tres horas después descubrió que el directivo real volaba hacia Tokio sin conexión en ese momento: la videollamada había sido un deepfake generado con Inteligencia Artificial. Cualquier profesional con presencia pública suficiente, vídeos, entrevistas, apariciones, entrega hoy a un estafador el material que necesita para clonarlo.
¿Qué pasó exactamente con la empresa española de logística?
El director financiero recibió la llamada por un canal de videoconferencia habitual en la empresa, con la persona al otro lado moviéndose, hablando y respondiendo con la naturalidad de siempre. La urgencia del mensaje, una operación que debía cerrarse ese mismo día, no dio margen para dudar.
Transfirió 580.000 euros siguiendo instrucciones que parecían venir directamente de su superior. Solo al intentar confirmar el movimiento por otra vía, horas más tarde, se descubrió que el directivo real estaba en un vuelo hacia Tokio, sin ningún tipo de conexión durante ese tramo del viaje.
¿Cómo es posible clonar una cara y una voz con esa precisión?
La Inteligencia Artificial que genera vídeo y voz sintética ha llegado a un nivel en el que, con suficiente material de origen, vídeos públicos, entrevistas, apariciones en medios, puede reconstruir el rostro y la voz de una persona con movimiento en tiempo real durante una videollamada.
Cuanta más presencia pública tiene alguien, más material entrega sin saberlo a quien quiera clonarlo. Una entrevista en televisión, una charla grabada, un vídeo corporativo: cada pieza es una fuente de entrenamiento para un sistema capaz de imitar después esa misma cara y esa misma voz.
¿Es un caso aislado o ya hay un patrón?
En enero de 2026, un caso muy similar clonó la voz de un director general suizo para autorizar una transferencia multimillonaria en otra empresa. El patrón se repite con la misma estructura: urgencia, autoridad simulada y un canal que parece de confianza.
El fraude con deepfakes ha crecido un 484% en un año, según datos de Veriff de 2026. No es un riesgo teórico ni una rareza puntual, es una técnica de estafa que se está extendiendo con rapidez porque cada vez es más barata y más fácil de ejecutar.
¿Cuántas empresas españolas ya han sufrido este tipo de intento?
El 23% de las empresas españolas ya sufrió intentos de fraude con deepfakes, según datos publicados por El Economista y Caixabank en 2026. Casi una de cada cuatro empresas del país se ha topado ya con un intento de este tipo, con éxito o sin él.
Cuando el fraude se consuma, la pérdida media es de 600.000 euros por estafa exitosa, según la misma fuente. La cifra coincide, casi al céntimo, con lo que perdió la empresa de logística en el caso de diciembre de 2025.
¿Por qué esto no es solo un problema de multinacionales?
Es tentador pensar que estos fraudes solo afectan a grandes empresas con directivos famosos y presupuestos millonarios. Pero el material que necesita un estafador para clonar a alguien no requiere fama, requiere solo presencia pública suficiente: vídeos, entrevistas, apariciones.
Un profesional con un canal de vídeos, una consulta que graba testimonios, un despacho que participa en charlas grabadas, ya tiene circulando el material necesario para que alguien construya su rostro y su voz sintéticos. No hace falta ser una figura mediática, basta con existir en vídeo de forma pública.
¿Qué relación tiene esto con dejar que la Inteligencia Artificial actúe en tu nombre sin que lo sepas?
Ya hemos preguntado en este periódico si tu seguro podría estar controlado por una Inteligencia Artificial sin que lo supieras. Un deepfake lleva esa misma idea al extremo, alguien usa tu imagen y tu voz para actuar en tu nombre, sin tu conocimiento y sin tu permiso, en el momento más delicado posible.
También nos preguntamos si usar la Inteligencia Artificial para escribir es hacer trampa o ser más inteligente. Con un deepfake que imita tu cara y tu voz, la pregunta deja de ser filosófica: alguien más está decidiendo, en tu nombre, algo que tú nunca autorizaste.
¿Cómo se relaciona esto con que la Inteligencia Artificial confunda tu identidad en otros contextos?
El mismo problema de fondo, que una máquina represente a alguien sin verificación suficiente, aparece también cuando la Inteligencia Artificial confunde un nombre con otro, algo que el propio Google ha admitido. La diferencia es que un deepfake no es un error de la máquina, es alguien usando la máquina a propósito para suplantar.
Este matiz importa: no se trata de un fallo que corregir con una queja al soporte técnico, se trata de un ataque deliberado que usa como munición el material público que un profesional ha ido dejando por su cuenta durante años.
¿Qué puede hacer un profesional expuesto a este riesgo?
No existe una forma de blindarse por completo contra un deepfake bien hecho, ni siquiera las empresas grandes lo han logrado. Pero sí existen pasos razonables: establecer protocolos de verificación por un segundo canal antes de cualquier operación económica urgente, y no depender nunca de una sola videollamada para autorizar una transferencia.
También conviene saber qué material propio circula ya en vídeo y audio, y cómo lo está usando o citando la Inteligencia Artificial cuando alguien pregunta por ese profesional. No es paranoia, es la misma prudencia que ya aplican las empresas que fueron víctimas antes de este tipo de fraude.
¿Por qué este problema es el más grave de los cuatro que enfrenta un profesional ante la Inteligencia Artificial?
Aparecer poco, aparecer mal o que un chatbot diga algo incorrecto son problemas serios, pero corregibles con tiempo y comprobación. Que alguien use la Inteligencia Artificial en tu contra, en silencio, suplantando tu cara y tu voz para robar dinero o autorizar algo que tú nunca dijiste, es un nivel distinto de daño.
Es el escenario donde ya no hablamos de visibilidad ni de reputación, hablamos de que un tercero actúa como si fuera tú, con las consecuencias legales y económicas que eso implica. Cuanto antes un profesional entienda que su presencia pública es también materia prima para este riesgo, antes podrá tomar precauciones razonables.
¿Qué papel juega la urgencia en este tipo de fraude?
En los casos documentados, el elemento común no es solo la calidad técnica del deepfake, es la urgencia del mensaje. Una operación que debe cerrarse en minutos no deja tiempo para dudar, comprobar por otro canal o pedir una segunda confirmación.
Los estafadores construyen esa urgencia a propósito, porque saben que es el momento en el que cualquier persona, por prudente que sea, tiene menos margen para pararse a verificar si la persona al otro lado de la pantalla es quien dice ser.
¿Qué protocolos ya están adoptando algunas empresas para protegerse?
Algunas empresas han empezado a exigir una confirmación por un segundo canal, una llamada telefónica al número conocido de la persona, un mensaje por un canal distinto al de la videollamada, antes de ejecutar cualquier transferencia por encima de un monto determinado.
Otras han establecido una palabra clave interna que solo conocen los directivos autorizados, algo que un deepfake no puede reproducir porque no forma parte de ningún vídeo ni audio público disponible para entrenar al sistema que lo genera.
¿Por qué un profesional independiente corre un riesgo distinto al de un directivo de empresa?
Un directivo de empresa suele tener alrededor un equipo financiero con protocolos ya establecidos. Un profesional independiente, un abogado, un médico, un asesor, que gestiona sus propias cuentas, no siempre cuenta con ese filtro adicional antes de mover dinero o autorizar algo en su nombre.
Eso convierte a cualquier profesional con presencia pública en un objetivo más accesible que una gran empresa, precisamente porque tiene menos capas de verificación entre la petición y la ejecución.
Nada de esto sustituye el sentido común que ya existía antes de la Inteligencia Artificial: desconfiar de la urgencia, verificar por un segundo canal, no mover dinero grande sin confirmación directa. Lo nuevo es que ahora ese sentido común tiene que aplicarse también a una cara y una voz que, hasta hace poco, habrían bastado como prueba suficiente.
El caso de la empresa española de logística no fue una excepción tecnológica, fue la primera vez que ese negocio concreto se topó con una amenaza que ya llevaba meses extendiéndose por otros sectores. La pregunta razonable no es si volverá a pasar, es cuándo y a quién le tocará la próxima vez.
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Sobre el autor
Javier G. Amblar tiene 27 años de experiencia en comunicación pública y ha sido colaborador en RTVE, Telemadrid, Onda Cero y EsRadio.
Fue profesor asociado del IE Business School, con el Premio a la Excelencia Docente, y su canal de YouTube reúne hoy a más de 368.000 suscriptores dentro de una comunidad en línea de más de 500.000 personas.
Dirige RADAR, el servicio que ayuda a comprobar qué información y qué material circula sobre un profesional en el entorno de la Inteligencia Artificial. Conoce el Diagnóstico RADAR aquí.


